martes, 28 de diciembre de 2010

For anything erratic

No es la primera vez que digo que fue
la última vez.
Probablemente tampoco será la última.
Pero como esto no es un círculo, cada última es distinta,
es más fuerte, más robusta, cada última
es más última que la anterior, y por eso
se aproxima a la última última,
la última, en definitiva, definitiva.


(y entonces todo quedará en silencio)

viernes, 24 de diciembre de 2010

"Otro estúpido cuento de Navidad" - por Carolina Rabe


Mensaje de texto.
“Estas enojada?”
No, Manzana. Tiré el celular sobre la mesa y proseguí con mi ininterrumpido zapping. Cuando estoy alterada, no hay nada que me calme más que pasar los canales a toda velocidad.
Me temblaba el ojo. Nacho te odio. NachoteodioNachoteodioNachoteodioodioodiodio te… odio.
Quería llorar, pero yo no lloro. Y menos por un tipo. Un flaco, un pedazo de energúmeno. ¡Y yo le había dicho a Santi que no! Que no, por una excusa o por otra, había tenido que INVENTAR señores, INVENTAR UNA EXCUSA CONVINCENTE ¿y ahora qué? Ah, sí, al señorcito NACHO se le ocurre dejarme plantada por 13ava vez, sólo por un estúpido paro en Aerolíneas.
¡Hubiera vuelto antes! O mejor… ¡no se hubiera ido!
Mordí la funda del control remoto con fuerza; mucha rabia tenía. Que me llamara. Que me llamara y hablábamos. Y que me venga a joder ahora con la larga distancia desde Nueva Zelanda y no me veía más en su vida.
Pasaron unos minutos. Me quedé colgada viendo “Una Navidad con Mickey”. ¿Así pasaría mi Navidad yo?
Me compenetré en los dramas de la película y por eso me asusté un poco cuando sonó el tono de mensaje. Samy.
“Que estas navidades los encuentren junto a todas las personas que aman y que…”
¡SAMY! ¡Samy era mi salvadora!
Tecleé su teléfono a toda velocidad. Atendió al instante.
-…¿holaa?
-¡Tarada, soy yo, Caro!
-¡Feliz Navidad, Caro! Bueno, para más tarde, claro, porque todavía estamos en noche buena y…
-¡Escuchá! ¿Salimos hoy?
-…
-¡No tiene que ser ahora! O sea, en un ratito. Sí, ya sé que a vos te gusta pasarla con tus abuelos y todo eso, pero, ¿no sería genial pasarlo juntas?
-Pero… pero pero pero pero…
-¡Vamos Samy! –sabía que la iba a convencer. Siempre lo hacía. -¡Somos mejores amigas! ¡Tu mensaje decía eso, de pasarlo con los que uno quiere o algo así! Bueno, ¿no me querés?
-Ehm… si, pero…
-¿No somos mejores amigas?
-sssi… pero…
-Listo, ¡en un toque te paso a buscar!
-¡PARÁ! –gritó de repente. Yo, que justo había comenzado a ponerme las zapatillas, me quedé inmóvil haciendo equilibrio, con el hombro pegado a la oreja.
-¡PARÁ! –repitió. Siempre Samy con sus “peros”. –Yo ya dije que la pasaba en mi casa. ¡No puedo irme así como así, Caro! ¿Tu mamá qué opina?
-Mi vieja no está. Se fue a lo de unas amigas. Ni daba ir.
-Aparte hoy…¿¿¿hoy no volvía Nacho???
-Al final no. -¿por qué me hacía decirle todo eso? ¡cómo si a mi me gustara!
-Pero me dijiste que pasabas Navidad con él. Que no querías organizar nada. Y me hiciste decirle a Santiago que estabas con gastritis y que por eso no íbamos a su fiesta después de las 12.
-¿Vamos a hacer una cronología de nuestras vidas hasta hoy?
-¡No! Pero… es que yo ya no puedo.
-¿No podes qué? Te paso a buscar más tarde, ok, paso a buscarte por lo de tus abuelos, ¿está bien? ¿Querés castigarme por tener mala suerte? ¡Vamos a la fiesta de Santi! Le digo que me recuperé y listo.
Silencio al otro lado de la línea. Sabía que Samy estaba procesando mis palabras y que me iba a decir que si, somos inseparables nosotras y nada se iba a interponer entre…
-No. No puedo Caro. Arreglé para ir a desayunar con Damián después. No puedo cancelarle.
Fue como un golpe en el estómago. De verdad me iba a dar gastritis.
-¿Me… me abandonas? –le pregunté, apelando a su lástima. No funcionó.
-No puedo Caro… Perdón.
Me derrumbé sobre la silla y reboleé un pie para sacarme la zapa puesta.
-Ah… ah, okey. Bueno igual a mi no me gusta esta estupidez de la Navidad.
-Perdón…
-Nah, está bien, total todo es una garcha. Te dejo Samy, me tengo que preparar para mi noche. Te mando un besito.
-Caro, no me gusta que…
-¡Chau, chau, un besoo!
Y corté. La cocina quedó en el más absoluto silencio.
“Estúpida Navidad”, murmuré. Al ver a Mickey en la pantalla, apagué el televisor de inmediato. “Estúpidos especiales navideños.”
  Era una situación espantosa. Nadie me quería, a nadie le importaba. Mi mejor amiga, me abandonaba. Mi vieja, a la mierda con las amigas. Mi no-se-que llamado Nacho, en Nueva Zelanda. Y Santiago, creído que estaba enferma. Todos mal, todos equivocados, todos tomando malas decisiones…
Miré el pan dulce que mi madre había dejado sobre la mesada. No me gusta el pan dulce. Las almendras sí, me vuelven loca. Pero este no tenía.
No me molesté en prender la luz, así que la estúpida cocina se fue quedando a oscuras. Saqué una cerveza fría de la heladera, y volví a prender la tele, a tiempo para ver al señor Scrooge entrar a la casa de Mickey con un pavo para la cena.
Me quedé mirando la estúpida escena como hipnotizada.
Hasta que me calcé las zapatillas y metí el pan dulce en la mochila a toda velocidad.


Eran las 23.45 cuando toqué timbre. Había tenido que correr como una desquiciada. Me abrió la puerta una señora mayor. Caí en la cuenta de que nunca había avisado que iba.
-¿Si?
-Hola… -me tomé las rodillas para respirar. –Perdón, señora, yo soy… soy una amiga de Samy, me preguntaba si…
-¿Caro? –preguntó Samy asomándose por detrás de su abuela. -¿Qué haces acá?
Samy siempre hacía esas preguntas complicadas de responder.
-No sé. Traje pan dulce.
La señora se rió y me dejó pasar. Y entonces vi la casa y vi porque a Samy le gustaba pasar la Navidad ahí.
Estaba todo adornado de rojo y dorado, con muñecos navideños en las mesitas, y, en el living, donde habrían alrededor de quince personas más, una mesa enorme con todos los dulces de navidad que me gustan.
-Se aplastó un poco… el pan dulce digo. –comenté cuando lo saqué de la mochila. La abuela de Samy lo tomó sin agregar nada y me condujo a la sala. Samy estaba cagada de risa, pero yo estaba demasiado absorta en la comida como para sentirme avergonzada.
-¿Por qué viniste? –me preguntó Samy después.
-Por la comida. –le respondí yo, y, aunque Samy sabía que no era verdad absolutamente, ninguna de las dos se molestó en aclararlo, como buenas amigas que somos, o como buena amiga que soy yo de ella.
Ton, ton, sonaron las doce, brindamos, todos felices cual familia Ingalls. Sólo un ratito después sonó mi teléfono y era desde un número desconocido.
-¿Hola?
-¿ho… la… aro.. mo, estás?
-¿¿¿Nacho sos vos??? ¡Se te escucha re cortado!
-la… sí… oy yo. ¡Feliz Navidad!
Se me hizo un nudo en la garganta. Ya no me importaba que me hubiera dejado plantada. Ya habría tiempo para reclamarle después.
-Feliz Navidad para vos también.
-¿Hola, me escuchás mejor? ¡Estoy en el aeropuerto todavía! ¡Si duermo acá tal vez puedan meterme en un vuelo que sale de madrugada! Si llego antes de las 00hs de hoy, ¡todavía estaría llegando en Navidad, ¿no?!
Considerando el tiempo de viaje, eso parecía improbable. Sin embargo, no me dio mencionarlo en ese momento.
-Está bien. Te extraño, ¿sabías?
Sentí su risita al otro lado.
-Yo no. Nos vemos. Pronto. Por cierto, te tengo que cortar, porque esta llamada me va a salir una fortuna…
Me reí.
-Está bien. Nos vemos. Pronto. Te… -y la comunicación se cortó antes de que pudiera terminar.
Estaba en el patio. Miré hacia arriba donde estallaban los fuegos artificiales. Samy vino caminando desde la cocina.
-Le pregunté a Damián si no prefería que desayunáramos acá. Mis abuelos no tienen problema y total, ahora todos se van…
Asentí, sin comentar nada. Me habían pasado muchas cosas esa noche.
De repente, Samy puso un pequeño paquete sobre mis rodillas.
-Tu regalo de Navidad.
Me puse ligeramente colorada.
-Ehm… Nosotras no nos regalamos nada, ¿o sí?
-Tranquila, escondí un regalo en el baño para que me regales después.
Sonreí al tiempo en que desenvolvía mi regalo. Era una caja de bombones de almendra.
-¡Mierda! ¿Cómo te acordaste de que me gustan las almendras?
Samy se rio mientras miraba para arriba.
-Bueno, y yo creía… -murmuró. –Que nadie sabía que a mi me gustan las castañas de cajú.
-Yo no lo sabía… -respondí por lo bajo. Samy me guiñó un ojo.
-Espera a ver el regalo que me compraste…