¿Quién es él, que va trocando las cosas, tocando su color?
Él, que pasa tan cauteloso, que llegó tan inadvertido, sigiloso e hizo sede justo en medio de mi pecho.
Él, que apreció de pronto y me regaló su alma, aún cuando yo tenía las manos vacías de tanto apretar los puños.
Él que hizo de mis silencios un puente de arcoíris sobre las nubes de tormenta,
que se adueñó de mis sueños y me devolvió mi vida. Que me trajo de vuelta, que me alcanzó las horas que se escurrían y dibujó mil días para mí.
Él, que despierta mi aire cada vez que se ríe.
Él, que no sabe quién es él para mí, pero lo intuye a veces cuando se refleja en mis ojos.
Él, que se arma una capa de jirones de sol y salta al abismo por mí,
que lucha contra el fuego y contra el mar por quedarse a la vigilia de mi mirada un rato más,
Él, que me hace poder todo de su mano, y me vuelve diminuta e indefensa cada vez que no está.
Él, mi revancha, mi fe, mi rendición, mi amor.
Él, que no tiene nombre, desde que dejó su nombre abandonado en la punta de mi lengua.
Él, mi romance de verano, mi canción de otoño, mi sol de invierno.
Mi sortilegio irresistible.
Él.
Y en este caso, Él vendría a ser vos.
lunes, 28 de junio de 2010
domingo, 20 de junio de 2010
One Life
Cristián fijó la vista en el cañón de la pistola y no dijo nada.
-¿Por qué, Cristian? –sollozó ella sin dejar de mirarlo. -¿Por qué? ¿Por qué tuviste que hacer las cosas así?
Él quiso negar con la cabeza y desviar los ojos pero el terror lo había paralizado. Deseó estar muy lejos de allí, deseó no estar protagonizando lo que estaba sucediendo.
-¿Por qué? –dijo ella, sosteniendo el arma igualmente de firme. -¿Por qué dejaste que todo eso pasara? ¿Por qué no hiciste nada?
Cristian no podía pensar. La garganta se le había secado. Deseó que todo ello acabara, y pronto.
Muchas veces había pensado cómo moriría. Pero siempre habían sido ideas lejanas, sobre algún accidente luego de los sesenta, o alguna insuficiencia física producto de una vida de excesos. Pero no así.
Ella tragó saliva y él se percató que, a pesar de las ligeras notas de histeria en su voz, ella no había derramado ni una sola lágrima.
Pasaron unos segundos.
-Nunca entendiste. –dijo ella. –Nunca entendiste nada. Te alejaste de todo aquél que pudiera ser un involucramiento para vos. “No quiero involucrarme”. ¿Qué tan “desinvolucrado” estas ahora, eh? ¿Qué vas a hacer, solo? ¿De quién más te vas a alejar?
-Basta. –la interrumpió con los puños apretados. –Si vas a hacerlo… Hacelo de una vez.
-¿Qué te molesta que hable? ¿Tenés miedo de sentir alguna emoción antes de morirte?
-DEJÁ DE TORTURARME. Hacé lo que tengas que hacer.
-¿Tan poco valor le das a tu vida que te molesta que la prolongue?
Se quedaron en silencio. Él no soportaba más. Las piernas no lo sostenían, pero no iba a darle el gusto a ella de dejarse caer. Que lo matara. Que dejara de disfrutar de su estúpida situación de poder y lo matara de una buena vez.
- ¿No me escuchas, no? –murmuró ella con tristeza y bajó levemente el arma. –No me estás escuchando. ¿Sabés por qué estoy acá, lo sabés?
Él negó con la cabeza.
-No, claro, no lo sabés. –ella volvió a levantar el arma y lo apuntó a su frente, mientras él trastabillaba, alarmado. –Afectate. Dame una reacción. Dame una emoción, por favor… Demostrame que podés…
-Basta. Basta por favor… Terminá con esto…
-Defendete.
-No… Vas a matarme de todas formas, porque sos una resentida, porque…
-¡No soy una resentida! Te estoy enseñando.
-Estas loca. Loca completamente.
Ella suspiró deprimida.
-No me dejas alternativa. No me la dejas, Cris, ¿te das cuenta?
-Por favor…
Ella se paró firme en su lugar y clavó su mirada en las pupilas de él.
-Voy a despertarte, ¿me oís? Voy a traerte a la vida. Y para eso, a estas alturas, sólo hay un camino. Mucha suerte, Cris.
Y entonces, antes de que él dijera nada, todavía anonadado por lo que acababa de oír, el ruido de un disparo reverberó en el aire.
-¡NO!
Un segundo. La bala quedó suspendida justo a unos milímetros de su frente. Un viento frío lo envolvió todo y sintió que su cuerpo se elevaba por los aires.
Luego cayeron sus manos sobre las sábanas y se despertó sobresaltado. Temblaba y tenía la camiseta pegada al pecho.
Intentó compensar los latidos de su corazón y recuperar el aire lentamente. Sólo un sueño. Una pesadilla. Había comido demasiado. Sus ojos se detuvieron en la ventana, donde el sol naciente despertaba un brillo color sangre en la cortina.
Suspiró. Estúpida resentida.
-¿Por qué, Cristian? –sollozó ella sin dejar de mirarlo. -¿Por qué? ¿Por qué tuviste que hacer las cosas así?
Él quiso negar con la cabeza y desviar los ojos pero el terror lo había paralizado. Deseó estar muy lejos de allí, deseó no estar protagonizando lo que estaba sucediendo.
-¿Por qué? –dijo ella, sosteniendo el arma igualmente de firme. -¿Por qué dejaste que todo eso pasara? ¿Por qué no hiciste nada?
Cristian no podía pensar. La garganta se le había secado. Deseó que todo ello acabara, y pronto.
Muchas veces había pensado cómo moriría. Pero siempre habían sido ideas lejanas, sobre algún accidente luego de los sesenta, o alguna insuficiencia física producto de una vida de excesos. Pero no así.
Ella tragó saliva y él se percató que, a pesar de las ligeras notas de histeria en su voz, ella no había derramado ni una sola lágrima.
Pasaron unos segundos.
-Nunca entendiste. –dijo ella. –Nunca entendiste nada. Te alejaste de todo aquél que pudiera ser un involucramiento para vos. “No quiero involucrarme”. ¿Qué tan “desinvolucrado” estas ahora, eh? ¿Qué vas a hacer, solo? ¿De quién más te vas a alejar?
-Basta. –la interrumpió con los puños apretados. –Si vas a hacerlo… Hacelo de una vez.
-¿Qué te molesta que hable? ¿Tenés miedo de sentir alguna emoción antes de morirte?
-DEJÁ DE TORTURARME. Hacé lo que tengas que hacer.
-¿Tan poco valor le das a tu vida que te molesta que la prolongue?
Se quedaron en silencio. Él no soportaba más. Las piernas no lo sostenían, pero no iba a darle el gusto a ella de dejarse caer. Que lo matara. Que dejara de disfrutar de su estúpida situación de poder y lo matara de una buena vez.
- ¿No me escuchas, no? –murmuró ella con tristeza y bajó levemente el arma. –No me estás escuchando. ¿Sabés por qué estoy acá, lo sabés?
Él negó con la cabeza.
-No, claro, no lo sabés. –ella volvió a levantar el arma y lo apuntó a su frente, mientras él trastabillaba, alarmado. –Afectate. Dame una reacción. Dame una emoción, por favor… Demostrame que podés…
-Basta. Basta por favor… Terminá con esto…
-Defendete.
-No… Vas a matarme de todas formas, porque sos una resentida, porque…
-¡No soy una resentida! Te estoy enseñando.
-Estas loca. Loca completamente.
Ella suspiró deprimida.
-No me dejas alternativa. No me la dejas, Cris, ¿te das cuenta?
-Por favor…
Ella se paró firme en su lugar y clavó su mirada en las pupilas de él.
-Voy a despertarte, ¿me oís? Voy a traerte a la vida. Y para eso, a estas alturas, sólo hay un camino. Mucha suerte, Cris.
Y entonces, antes de que él dijera nada, todavía anonadado por lo que acababa de oír, el ruido de un disparo reverberó en el aire.
-¡NO!
Un segundo. La bala quedó suspendida justo a unos milímetros de su frente. Un viento frío lo envolvió todo y sintió que su cuerpo se elevaba por los aires.
Luego cayeron sus manos sobre las sábanas y se despertó sobresaltado. Temblaba y tenía la camiseta pegada al pecho.
Intentó compensar los latidos de su corazón y recuperar el aire lentamente. Sólo un sueño. Una pesadilla. Había comido demasiado. Sus ojos se detuvieron en la ventana, donde el sol naciente despertaba un brillo color sangre en la cortina.
Suspiró. Estúpida resentida.
jueves, 3 de junio de 2010
Y además, Te quiero
Quiero esa sonrisa.
La quiero más cuando tiene mi nombre,
cuando mi alma se mece suave en esa boca,
Tu boca.
Y además, Te quiero.
Quiero esos ojos, que se llenan de chispas cuando me ven,
quiero esa mirada cuando me mira por primera vez en el día,
y vuela para descansar tranquila en mis pupilas.
Y además, Te quiero.
Quiero tu piel bajo mis manos, cuando ruedo suave a perder mis sentidos,
quiero tu aire en derredor, quiero tus brazos llenando el espacio.
Y aún Te quiero más todavía, porque cuando me pierdo,
cuando “me hago la cabeza”, cuando me aturdo,
cuando mis pies corren a hundirse en mis laberintos,
hay una voz, Tu voz, que suena más fuerte, que me hace parpadear,
y con sólo nombrarme, con sólo llamarme, me traes de vuelta a la realidad.
Porque retumba mi nombre en tus labios y despierta mi frente,
porque ahí recuerdo que estoy con vos, que no me hundo,
y que no existe otro lugar en el mundo en el que yo prefiera estar.
La quiero más cuando tiene mi nombre,
cuando mi alma se mece suave en esa boca,
Tu boca.
Y además, Te quiero.
Quiero esos ojos, que se llenan de chispas cuando me ven,
quiero esa mirada cuando me mira por primera vez en el día,
y vuela para descansar tranquila en mis pupilas.
Y además, Te quiero.
Quiero tu piel bajo mis manos, cuando ruedo suave a perder mis sentidos,
quiero tu aire en derredor, quiero tus brazos llenando el espacio.
Y aún Te quiero más todavía, porque cuando me pierdo,
cuando “me hago la cabeza”, cuando me aturdo,
cuando mis pies corren a hundirse en mis laberintos,
hay una voz, Tu voz, que suena más fuerte, que me hace parpadear,
y con sólo nombrarme, con sólo llamarme, me traes de vuelta a la realidad.
Porque retumba mi nombre en tus labios y despierta mi frente,
porque ahí recuerdo que estoy con vos, que no me hundo,
y que no existe otro lugar en el mundo en el que yo prefiera estar.
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