Sé que hay vida allá afuera. Sé que alguna vez la hubo.
Estoy tirada sobre la alfombra de mi cuarto. Me estoy derritiendo literalmente, y sospecho que ya soy parte del suelo, de forma que estamos haciendo un sándwich entre lo que un albañil un día construyó como entrepiso, la alfombra y yo.
Llueve. No estoy tan insonorizada como para no oír la lluvia, el viento arreciando contra la casa, pero parece que las paredes aún no van a caerse y mientras eso no ocurra…
Me doy vuelta y me arrastro hasta quedar debajo del aire acondicionado. Aire. Aire. ¿Se habrá inundado el patio? ¿Tendré que cerrar las ventanas de abajo?
No sé cuánto tiempo ha transcurrido. No voy a salir. He decidido quedarme aquí hasta que termine el verano. No iré a trabajar. Ni siquiera creo tener energía para llamar y avisar. ¿Seguirá funcionando el mundo allá afuera?
Creo que no. Me imagino un montón de masas uniformes arrojadas pansa arriba bajo ventiladores, rogando por una brisa que no existe, intentando simular que siguen vivos, esperando, siempre a la espera de que baje la temperatura mágicamente… Pero eso también es una utopía.
Mi perro aúlla. ¿Le habré dado de comer? ¿Cuándo fue la última vez?
No comeré. No beberé. No tengo fuerzas; no puedo salir de aquí.
¿Qué se sentirá tener a la humanidad así, esclava de la tecnología?
Estoy empezando a pensar que esto puede ser una especie del complot.
Sí. Ya veo la lucecita roja del aire acondicionado. Es como en la película •Yo, Robot•.
Somos sus esclavos. Me miro y me doy cuenta en el estado penoso en que me encuentro. Y entonces lo sé, lo sé, el aire acondicionado me está dominando, tengo que vencer la fricción de la inercia y salir al día pero…
No puedo. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Unas horas? ¿Unos días?
Tengo que salir. Tengo que salir. ¿Estará toda mi casa inundada? No importa. No importa. No puedo dejar que las máquinas ganen.
¿Salvaré al mundo si me levanto?
Esa idea me da fuerzas.
Intento levantar un brazo y se cae. Lo intento otra vez, en esta ocasión con un poco de seriedad. Y me levanto.
Siento la cabeza como en un samba pero no me importa; me derribo sobre el picaporte, lo bajo, sí, consigo abrir la puerta de par en par, miro hacia fuera y…
Calor.
Mucho calor.
Cierro la puerta.
Me derrumbo sobre la cama. Miro hacia la lucecita del aire acondicionado y, antes de volver al estado de sopor previo, logro articular:
-¡PERO AÚN NO HAN GANADO LA GUERRA!
yo creo q quein nos maneja es el calor.. la naturaleza.. no la tecnologia; pienso q las maquinas llegaron a este mundo para aliviarnos.. para hacernos todo mucho mas facil.. a veces muuuyyy facil, y eso por ahi es lo q dan ganas de no hacer nada, ni siquiera levantarse a ver si se inunda la casa....
ResponderEliminarMuy bueno Tach!!!
segui escribiendo!
Beso