No es la primera vez que digo que fue
la última vez.
Probablemente tampoco será la última.
Pero como esto no es un círculo, cada última es distinta,
es más fuerte, más robusta, cada última
es más última que la anterior, y por eso
se aproxima a la última última,
la última, en definitiva, definitiva.
(y entonces todo quedará en silencio)
martes, 28 de diciembre de 2010
viernes, 24 de diciembre de 2010
"Otro estúpido cuento de Navidad" - por Carolina Rabe
Mensaje de texto.
“Estas enojada?”
No, Manzana. Tiré el celular sobre la mesa y proseguí con mi ininterrumpido zapping. Cuando estoy alterada, no hay nada que me calme más que pasar los canales a toda velocidad.
Me temblaba el ojo. Nacho te odio. NachoteodioNachoteodioNachoteodioodioodiodio te… odio.
Quería llorar, pero yo no lloro. Y menos por un tipo. Un flaco, un pedazo de energúmeno. ¡Y yo le había dicho a Santi que no! Que no, por una excusa o por otra, había tenido que INVENTAR señores, INVENTAR UNA EXCUSA CONVINCENTE ¿y ahora qué? Ah, sí, al señorcito NACHO se le ocurre dejarme plantada por 13ava vez, sólo por un estúpido paro en Aerolíneas.
¡Hubiera vuelto antes! O mejor… ¡no se hubiera ido!
Mordí la funda del control remoto con fuerza; mucha rabia tenía. Que me llamara. Que me llamara y hablábamos. Y que me venga a joder ahora con la larga distancia desde Nueva Zelanda y no me veía más en su vida.
Pasaron unos minutos. Me quedé colgada viendo “Una Navidad con Mickey”. ¿Así pasaría mi Navidad yo?
Me compenetré en los dramas de la película y por eso me asusté un poco cuando sonó el tono de mensaje. Samy.
“Que estas navidades los encuentren junto a todas las personas que aman y que…”
¡SAMY! ¡Samy era mi salvadora!
Tecleé su teléfono a toda velocidad. Atendió al instante.
-…¿holaa?
-¡Tarada, soy yo, Caro!
-¡Feliz Navidad, Caro! Bueno, para más tarde, claro, porque todavía estamos en noche buena y…
-¡Escuchá! ¿Salimos hoy?
-…
-¡No tiene que ser ahora! O sea, en un ratito. Sí, ya sé que a vos te gusta pasarla con tus abuelos y todo eso, pero, ¿no sería genial pasarlo juntas?
-Pero… pero pero pero pero…
-¡Vamos Samy! –sabía que la iba a convencer. Siempre lo hacía. -¡Somos mejores amigas! ¡Tu mensaje decía eso, de pasarlo con los que uno quiere o algo así! Bueno, ¿no me querés?
-Ehm… si, pero…
-¿No somos mejores amigas?
-sssi… pero…
-Listo, ¡en un toque te paso a buscar!
-¡PARÁ! –gritó de repente. Yo, que justo había comenzado a ponerme las zapatillas, me quedé inmóvil haciendo equilibrio, con el hombro pegado a la oreja.
-¡PARÁ! –repitió. Siempre Samy con sus “peros”. –Yo ya dije que la pasaba en mi casa. ¡No puedo irme así como así, Caro! ¿Tu mamá qué opina?
-Mi vieja no está. Se fue a lo de unas amigas. Ni daba ir.
-Aparte hoy…¿¿¿hoy no volvía Nacho???
-Al final no. -¿por qué me hacía decirle todo eso? ¡cómo si a mi me gustara!
-Pero me dijiste que pasabas Navidad con él. Que no querías organizar nada. Y me hiciste decirle a Santiago que estabas con gastritis y que por eso no íbamos a su fiesta después de las 12.
-¿Vamos a hacer una cronología de nuestras vidas hasta hoy?
-¡No! Pero… es que yo ya no puedo.
-¿No podes qué? Te paso a buscar más tarde, ok, paso a buscarte por lo de tus abuelos, ¿está bien? ¿Querés castigarme por tener mala suerte? ¡Vamos a la fiesta de Santi! Le digo que me recuperé y listo.
Silencio al otro lado de la línea. Sabía que Samy estaba procesando mis palabras y que me iba a decir que si, somos inseparables nosotras y nada se iba a interponer entre…
-No. No puedo Caro. Arreglé para ir a desayunar con Damián después. No puedo cancelarle.
Fue como un golpe en el estómago. De verdad me iba a dar gastritis.
-¿Me… me abandonas? –le pregunté, apelando a su lástima. No funcionó.
-No puedo Caro… Perdón.
Me derrumbé sobre la silla y reboleé un pie para sacarme la zapa puesta.
-Ah… ah, okey. Bueno igual a mi no me gusta esta estupidez de la Navidad.
-Perdón…
-Nah, está bien, total todo es una garcha. Te dejo Samy, me tengo que preparar para mi noche. Te mando un besito.
-Caro, no me gusta que…
-¡Chau, chau, un besoo!
Y corté. La cocina quedó en el más absoluto silencio.
“Estúpida Navidad”, murmuré. Al ver a Mickey en la pantalla, apagué el televisor de inmediato. “Estúpidos especiales navideños.”
Era una situación espantosa. Nadie me quería, a nadie le importaba. Mi mejor amiga, me abandonaba. Mi vieja, a la mierda con las amigas. Mi no-se-que llamado Nacho, en Nueva Zelanda. Y Santiago, creído que estaba enferma. Todos mal, todos equivocados, todos tomando malas decisiones…
Miré el pan dulce que mi madre había dejado sobre la mesada. No me gusta el pan dulce. Las almendras sí, me vuelven loca. Pero este no tenía.
No me molesté en prender la luz, así que la estúpida cocina se fue quedando a oscuras. Saqué una cerveza fría de la heladera, y volví a prender la tele, a tiempo para ver al señor Scrooge entrar a la casa de Mickey con un pavo para la cena.
Me quedé mirando la estúpida escena como hipnotizada.
Hasta que me calcé las zapatillas y metí el pan dulce en la mochila a toda velocidad.
Eran las 23.45 cuando toqué timbre. Había tenido que correr como una desquiciada. Me abrió la puerta una señora mayor. Caí en la cuenta de que nunca había avisado que iba.
-¿Si?
-Hola… -me tomé las rodillas para respirar. –Perdón, señora, yo soy… soy una amiga de Samy, me preguntaba si…
-¿Caro? –preguntó Samy asomándose por detrás de su abuela. -¿Qué haces acá?
Samy siempre hacía esas preguntas complicadas de responder.
-No sé. Traje pan dulce.
La señora se rió y me dejó pasar. Y entonces vi la casa y vi porque a Samy le gustaba pasar la Navidad ahí.
Estaba todo adornado de rojo y dorado, con muñecos navideños en las mesitas, y, en el living, donde habrían alrededor de quince personas más, una mesa enorme con todos los dulces de navidad que me gustan.
-Se aplastó un poco… el pan dulce digo. –comenté cuando lo saqué de la mochila. La abuela de Samy lo tomó sin agregar nada y me condujo a la sala. Samy estaba cagada de risa, pero yo estaba demasiado absorta en la comida como para sentirme avergonzada.
-¿Por qué viniste? –me preguntó Samy después.
-Por la comida. –le respondí yo, y, aunque Samy sabía que no era verdad absolutamente, ninguna de las dos se molestó en aclararlo, como buenas amigas que somos, o como buena amiga que soy yo de ella.
Ton, ton, sonaron las doce, brindamos, todos felices cual familia Ingalls. Sólo un ratito después sonó mi teléfono y era desde un número desconocido.
-¿Hola?
-¿ho… la… aro.. mo, estás?
-¿¿¿Nacho sos vos??? ¡Se te escucha re cortado!
-la… sí… oy yo. ¡Feliz Navidad!
Se me hizo un nudo en la garganta. Ya no me importaba que me hubiera dejado plantada. Ya habría tiempo para reclamarle después.
-Feliz Navidad para vos también.
-¿Hola, me escuchás mejor? ¡Estoy en el aeropuerto todavía! ¡Si duermo acá tal vez puedan meterme en un vuelo que sale de madrugada! Si llego antes de las 00hs de hoy, ¡todavía estaría llegando en Navidad, ¿no?!
Considerando el tiempo de viaje, eso parecía improbable. Sin embargo, no me dio mencionarlo en ese momento.
-Está bien. Te extraño, ¿sabías?
Sentí su risita al otro lado.
-Yo no. Nos vemos. Pronto. Por cierto, te tengo que cortar, porque esta llamada me va a salir una fortuna…
Me reí.
-Está bien. Nos vemos. Pronto. Te… -y la comunicación se cortó antes de que pudiera terminar.
Estaba en el patio. Miré hacia arriba donde estallaban los fuegos artificiales. Samy vino caminando desde la cocina.
-Le pregunté a Damián si no prefería que desayunáramos acá. Mis abuelos no tienen problema y total, ahora todos se van…
Asentí, sin comentar nada. Me habían pasado muchas cosas esa noche.
De repente, Samy puso un pequeño paquete sobre mis rodillas.
-Tu regalo de Navidad.
Me puse ligeramente colorada.
-Ehm… Nosotras no nos regalamos nada, ¿o sí?
-Tranquila, escondí un regalo en el baño para que me regales después.
Sonreí al tiempo en que desenvolvía mi regalo. Era una caja de bombones de almendra.
-¡Mierda! ¿Cómo te acordaste de que me gustan las almendras?
Samy se rio mientras miraba para arriba.
-Bueno, y yo creía… -murmuró. –Que nadie sabía que a mi me gustan las castañas de cajú.
-Yo no lo sabía… -respondí por lo bajo. Samy me guiñó un ojo.
-Espera a ver el regalo que me compraste…
martes, 10 de agosto de 2010
¿Un cuento con cuántas alas? (By N. Kevvel)
"(...)
Y me pediste que te escribiera un cuento. ¿Un cuento con cuántas alas?
Con las que quieras, me respondiste, y yo cerré los ojos y me fui. Y ahí como estaba, enfundada en nubes con perfume a cereza, me puse a pensar en vos, y cuando pensaba en vos, pensaba en mí, y si me llamabas con tu voz, volvía amor, pero estabas dejándome volar. Como te gusta. Como soy tuya más que de nadie, y casi tanto como de mí.
Y cuando vos me pediste un cuento, yo me quedé, y me quedé en suspenso, porque no te gustan mis cuentos, no te gustan mis metáforas. Entonces, ¿por qué un cuento? ¿y con cuántas alas? Pero quise regalarte algo con luz cuando empecé a escribir, entonces, si voy despacio, si te cuento desde el principio, por ahí vos, que te gustan las cosas ordenadas, le busques un lugar entre las cosas perdidas que un día vas a volver a mirar.
Despacio. No te me vayas.
Y empieza como toda historia por el principio, cuando viniste a mí con una sonrisa segura, y yo te devolví el gesto de un celular mal anotado. Pero bueno, quizás fue una prueba, quizás fue el comienzo, una complicación de números para el matemático, una complicación de corazón para la escritora, que hacía mucho había dejado de escribir. Alcanzó pisar fuera de la burbuja para pensar “Que lindo y ya se fue”, y pasaron tres días en que “fue” fue verdad.
Después de todo, la alcanzó un flechazo a la distancia, y no fue su simpatía, ni su belleza, fue la paciencia de un amor con ternura, que tenía más de tiempo que de arrebato, que administró los impulsos de ella de forma que él alcanzara a ponerlos en algún orden en la biblioteca… pero hay veces que no sabe dónde ponerlos, de dónde va a tener que sacarlos y de dónde van a salir.
Porque fue así, que él vino en cajita, con una cinta y listo para que ella lo descubriera, pero despacio, sin prisas que le nublaran el entusiasmo, y fue sacando un papel tras otro, fue maravillándose, fue abriendo cajitas, fue destruyendo muros, fue construyendo ventanas…
El packaging de ella era menos convencional, no la vendían en las farmacias, no era remedio para nada, y mucho menos solucionaba problemas de la vida: no, no, los creaba. No venía con instructivo y todavía él se pregunta cómo carajos funciona y ella no sabe qué responderle.
Pero aprendieron cosas. Aprendió él que con un beso tiene media batalla ganada, aprendió ella que no siempre puede hacerlo reír y salvarse del problema, pero casi que sí; aprendió él que el amor no tiene muchas explicaciones y no conoce de planes ni de listas a resolver, ella aprendió que las metáforas también pueden ser formas de no decir nada, y que lo que le tiene que decir es simple, es breve y ya lo sabe…
Por eso este cuento tiene muchas alas. Porque gusta dar alas a los sentimientos, aunque se vayan lejos; dejálos, sé a dónde van aunque no hayan estado nunca ahí, saben su camino, tienen su propio mapa, su propia guía T, aún cuando haedo quede fuera de la guía T…"
N. Kevvel (Memorias de Voz, Ed. Grupo Z, 2009)
Y me pediste que te escribiera un cuento. ¿Un cuento con cuántas alas?
Con las que quieras, me respondiste, y yo cerré los ojos y me fui. Y ahí como estaba, enfundada en nubes con perfume a cereza, me puse a pensar en vos, y cuando pensaba en vos, pensaba en mí, y si me llamabas con tu voz, volvía amor, pero estabas dejándome volar. Como te gusta. Como soy tuya más que de nadie, y casi tanto como de mí.
Y cuando vos me pediste un cuento, yo me quedé, y me quedé en suspenso, porque no te gustan mis cuentos, no te gustan mis metáforas. Entonces, ¿por qué un cuento? ¿y con cuántas alas? Pero quise regalarte algo con luz cuando empecé a escribir, entonces, si voy despacio, si te cuento desde el principio, por ahí vos, que te gustan las cosas ordenadas, le busques un lugar entre las cosas perdidas que un día vas a volver a mirar.
Despacio. No te me vayas.
Y empieza como toda historia por el principio, cuando viniste a mí con una sonrisa segura, y yo te devolví el gesto de un celular mal anotado. Pero bueno, quizás fue una prueba, quizás fue el comienzo, una complicación de números para el matemático, una complicación de corazón para la escritora, que hacía mucho había dejado de escribir. Alcanzó pisar fuera de la burbuja para pensar “Que lindo y ya se fue”, y pasaron tres días en que “fue” fue verdad.
Después de todo, la alcanzó un flechazo a la distancia, y no fue su simpatía, ni su belleza, fue la paciencia de un amor con ternura, que tenía más de tiempo que de arrebato, que administró los impulsos de ella de forma que él alcanzara a ponerlos en algún orden en la biblioteca… pero hay veces que no sabe dónde ponerlos, de dónde va a tener que sacarlos y de dónde van a salir.
Porque fue así, que él vino en cajita, con una cinta y listo para que ella lo descubriera, pero despacio, sin prisas que le nublaran el entusiasmo, y fue sacando un papel tras otro, fue maravillándose, fue abriendo cajitas, fue destruyendo muros, fue construyendo ventanas…
El packaging de ella era menos convencional, no la vendían en las farmacias, no era remedio para nada, y mucho menos solucionaba problemas de la vida: no, no, los creaba. No venía con instructivo y todavía él se pregunta cómo carajos funciona y ella no sabe qué responderle.
Pero aprendieron cosas. Aprendió él que con un beso tiene media batalla ganada, aprendió ella que no siempre puede hacerlo reír y salvarse del problema, pero casi que sí; aprendió él que el amor no tiene muchas explicaciones y no conoce de planes ni de listas a resolver, ella aprendió que las metáforas también pueden ser formas de no decir nada, y que lo que le tiene que decir es simple, es breve y ya lo sabe…
Por eso este cuento tiene muchas alas. Porque gusta dar alas a los sentimientos, aunque se vayan lejos; dejálos, sé a dónde van aunque no hayan estado nunca ahí, saben su camino, tienen su propio mapa, su propia guía T, aún cuando haedo quede fuera de la guía T…"
N. Kevvel (Memorias de Voz, Ed. Grupo Z, 2009)
miércoles, 21 de julio de 2010
Firmamento de mi Sol
De todas las cosas que te dije, descontalas;
dejanos a solas el firmamento.
Te quiero pero es tarde, amor, y estás lejos.
Como si fuera un cuento, solta estas hojas, vas a ver:
se las lleva el viento. Hasta donde estas vos,
hasta donde te encuentro.
Enredame ahora, camina sin prisa por tus pasos,
quema mi sangre, quemala en tus brazos.
Y así en silencio te voy a cantar una canción bajito,
como en sueño, te vas quedando, te vas durmiendo, y sos mi estrella,
una estrella que titila mágica en el firmamento.
Dejá correr sola la candencia de tu voz,
y me voy quedando dormida en mi abrigo de sol, que sos vos,
No tengas miedo, no hay relojes, no suenan las chicharras,
se escondieron lejos para no interrumpir la canción,
y estás hecho de aire y te suelto,
lindo, hermoso, te vas volando, te vas volviendo,
a donde te esperan mis manos, abiertas,
a donde se alborota mi sangre, despierta,
a donde tu refugio es el claro de mis ojos,
a donde la distancia no se corta sola y no nos deja solos.
viernes, 16 de julio de 2010
MCS07 - (sin título)
No tuvo miedo porque tenía su mano
y en la oscuridad pudo ver
que el brillo se extinguía de sus puspilas
que las sombras comenzaban a caer.
Quiso gritarle que no se fuera,
Quiso retener su mano.
La brisa le solpló la distancia,
en el frío sus dedos se soltaron.
y en la oscuridad pudo ver
que el brillo se extinguía de sus puspilas
que las sombras comenzaban a caer.
Quiso gritarle que no se fuera,
Quiso retener su mano.
La brisa le solpló la distancia,
en el frío sus dedos se soltaron.
jueves, 15 de julio de 2010
A dónde te voy a llevar, Lejos.-
A dónde te voy a llevar, lejos?
Si estás acá, sos tatuaje en mi piel.
Silencio, no escuches, no hagas ruido.
Sentí la magia vibrar sin sonido.
Quedate acá, dejame rodar por tus mejillas
Y así no me despierto, así me quedo.
Me escuchás? Vos sabés.
Estás acá, no importa lo que te diga.
Aprendí un día a negar con la frente
Dejando sola la lata de mi corazón
Vos sabés. Vos sabés lo que siento.
Y hay días incluso que lo sabes antes que yo.
Y desearía no imponerte mis silencios, mis enojos.
Pero tardo en aprender asalir de mis embrollos.
Teneme paciencia.- (si no me la tenés vos...!).
Y no te olvides de que
Cada instante, Cada momento
Para mí sos vos y te llevo dentro.
Así que fijate cuando cruzás la calle.
Cuidate cuando te tomes el tren.
Esas son cosas fáciles, y de todo eso depende mi universo.
Mi universo, el universo...
Si estás acá, sos tatuaje en mi piel.
Silencio, no escuches, no hagas ruido.
Sentí la magia vibrar sin sonido.
Quedate acá, dejame rodar por tus mejillas
Y así no me despierto, así me quedo.
Me escuchás? Vos sabés.
Estás acá, no importa lo que te diga.
Aprendí un día a negar con la frente
Dejando sola la lata de mi corazón
Vos sabés. Vos sabés lo que siento.
Y hay días incluso que lo sabes antes que yo.
Y desearía no imponerte mis silencios, mis enojos.
Pero tardo en aprender asalir de mis embrollos.
Teneme paciencia.- (si no me la tenés vos...!).
Y no te olvides de que
Cada instante, Cada momento
Para mí sos vos y te llevo dentro.
Así que fijate cuando cruzás la calle.
Cuidate cuando te tomes el tren.
Esas son cosas fáciles, y de todo eso depende mi universo.
Mi universo, el universo...
Por eso, no te lo olvides. Porque yo no me olvido de vos
sábado, 10 de julio de 2010
Septiembre 2009
“Pero no, nena, vos sólo eras
Un títere más.
Ves mis hilos? Están cortados, se quemaron.
Marioneta linda, estás en el piso.
Tus piernas y brazos en ángulos extraños.
Y te duele, te duele tanto…
Estabas en el show, y no lo sabías.
Habías tantos y tantos guionistas…
Y te dicen acá, y te dicen allá.
Con sus ojos sombríos, con sus manos de cartón.
Y te miran, y te giran.
Y te caes marioneta, porque ahora sabés
Que fuiste eso, maderitas e hilo.
Y te esforzabas por hablar y no entendías
Que nadie habla marionetés.
Pobre marioneta tan linda
Decidiste cortar tus hilos.
No te gusta el show, a vos te dijeron otra cosa.
Y ahora te miran todos,
Rota, deshilada en el piso.
Y encima les da ganas de aplaudirte!
Aplaudir tu orgullo de maderita, tu madurez orgullosa.
Y no nena, nadie habla marionetés, no entienden.
Porque ellos fueron guionistas y en tu expresión no escribieron
Ni la rabia, ni la tristeza.
Sólo la estúpida dulzura, esa tan estúpida
Que te valió tu estúpido papel en el show de las marionetas.”
lunes, 28 de junio de 2010
"(...) Toma mi mano, se acerca a la ventana e, inesperadamente, se convierte en héroe." (extracto de "De plástico, de arena, veneno y miel" 23/01/10)
¿Quién es él, que va trocando las cosas, tocando su color?
Él, que pasa tan cauteloso, que llegó tan inadvertido, sigiloso e hizo sede justo en medio de mi pecho.
Él, que apreció de pronto y me regaló su alma, aún cuando yo tenía las manos vacías de tanto apretar los puños.
Él que hizo de mis silencios un puente de arcoíris sobre las nubes de tormenta,
que se adueñó de mis sueños y me devolvió mi vida. Que me trajo de vuelta, que me alcanzó las horas que se escurrían y dibujó mil días para mí.
Él, que despierta mi aire cada vez que se ríe.
Él, que no sabe quién es él para mí, pero lo intuye a veces cuando se refleja en mis ojos.
Él, que se arma una capa de jirones de sol y salta al abismo por mí,
que lucha contra el fuego y contra el mar por quedarse a la vigilia de mi mirada un rato más,
Él, que me hace poder todo de su mano, y me vuelve diminuta e indefensa cada vez que no está.
Él, mi revancha, mi fe, mi rendición, mi amor.
Él, que no tiene nombre, desde que dejó su nombre abandonado en la punta de mi lengua.
Él, mi romance de verano, mi canción de otoño, mi sol de invierno.
Mi sortilegio irresistible.
Él.
Y en este caso, Él vendría a ser vos.
Él, que pasa tan cauteloso, que llegó tan inadvertido, sigiloso e hizo sede justo en medio de mi pecho.
Él, que apreció de pronto y me regaló su alma, aún cuando yo tenía las manos vacías de tanto apretar los puños.
Él que hizo de mis silencios un puente de arcoíris sobre las nubes de tormenta,
que se adueñó de mis sueños y me devolvió mi vida. Que me trajo de vuelta, que me alcanzó las horas que se escurrían y dibujó mil días para mí.
Él, que despierta mi aire cada vez que se ríe.
Él, que no sabe quién es él para mí, pero lo intuye a veces cuando se refleja en mis ojos.
Él, que se arma una capa de jirones de sol y salta al abismo por mí,
que lucha contra el fuego y contra el mar por quedarse a la vigilia de mi mirada un rato más,
Él, que me hace poder todo de su mano, y me vuelve diminuta e indefensa cada vez que no está.
Él, mi revancha, mi fe, mi rendición, mi amor.
Él, que no tiene nombre, desde que dejó su nombre abandonado en la punta de mi lengua.
Él, mi romance de verano, mi canción de otoño, mi sol de invierno.
Mi sortilegio irresistible.
Él.
Y en este caso, Él vendría a ser vos.
domingo, 20 de junio de 2010
One Life
Cristián fijó la vista en el cañón de la pistola y no dijo nada.
-¿Por qué, Cristian? –sollozó ella sin dejar de mirarlo. -¿Por qué? ¿Por qué tuviste que hacer las cosas así?
Él quiso negar con la cabeza y desviar los ojos pero el terror lo había paralizado. Deseó estar muy lejos de allí, deseó no estar protagonizando lo que estaba sucediendo.
-¿Por qué? –dijo ella, sosteniendo el arma igualmente de firme. -¿Por qué dejaste que todo eso pasara? ¿Por qué no hiciste nada?
Cristian no podía pensar. La garganta se le había secado. Deseó que todo ello acabara, y pronto.
Muchas veces había pensado cómo moriría. Pero siempre habían sido ideas lejanas, sobre algún accidente luego de los sesenta, o alguna insuficiencia física producto de una vida de excesos. Pero no así.
Ella tragó saliva y él se percató que, a pesar de las ligeras notas de histeria en su voz, ella no había derramado ni una sola lágrima.
Pasaron unos segundos.
-Nunca entendiste. –dijo ella. –Nunca entendiste nada. Te alejaste de todo aquél que pudiera ser un involucramiento para vos. “No quiero involucrarme”. ¿Qué tan “desinvolucrado” estas ahora, eh? ¿Qué vas a hacer, solo? ¿De quién más te vas a alejar?
-Basta. –la interrumpió con los puños apretados. –Si vas a hacerlo… Hacelo de una vez.
-¿Qué te molesta que hable? ¿Tenés miedo de sentir alguna emoción antes de morirte?
-DEJÁ DE TORTURARME. Hacé lo que tengas que hacer.
-¿Tan poco valor le das a tu vida que te molesta que la prolongue?
Se quedaron en silencio. Él no soportaba más. Las piernas no lo sostenían, pero no iba a darle el gusto a ella de dejarse caer. Que lo matara. Que dejara de disfrutar de su estúpida situación de poder y lo matara de una buena vez.
- ¿No me escuchas, no? –murmuró ella con tristeza y bajó levemente el arma. –No me estás escuchando. ¿Sabés por qué estoy acá, lo sabés?
Él negó con la cabeza.
-No, claro, no lo sabés. –ella volvió a levantar el arma y lo apuntó a su frente, mientras él trastabillaba, alarmado. –Afectate. Dame una reacción. Dame una emoción, por favor… Demostrame que podés…
-Basta. Basta por favor… Terminá con esto…
-Defendete.
-No… Vas a matarme de todas formas, porque sos una resentida, porque…
-¡No soy una resentida! Te estoy enseñando.
-Estas loca. Loca completamente.
Ella suspiró deprimida.
-No me dejas alternativa. No me la dejas, Cris, ¿te das cuenta?
-Por favor…
Ella se paró firme en su lugar y clavó su mirada en las pupilas de él.
-Voy a despertarte, ¿me oís? Voy a traerte a la vida. Y para eso, a estas alturas, sólo hay un camino. Mucha suerte, Cris.
Y entonces, antes de que él dijera nada, todavía anonadado por lo que acababa de oír, el ruido de un disparo reverberó en el aire.
-¡NO!
Un segundo. La bala quedó suspendida justo a unos milímetros de su frente. Un viento frío lo envolvió todo y sintió que su cuerpo se elevaba por los aires.
Luego cayeron sus manos sobre las sábanas y se despertó sobresaltado. Temblaba y tenía la camiseta pegada al pecho.
Intentó compensar los latidos de su corazón y recuperar el aire lentamente. Sólo un sueño. Una pesadilla. Había comido demasiado. Sus ojos se detuvieron en la ventana, donde el sol naciente despertaba un brillo color sangre en la cortina.
Suspiró. Estúpida resentida.
-¿Por qué, Cristian? –sollozó ella sin dejar de mirarlo. -¿Por qué? ¿Por qué tuviste que hacer las cosas así?
Él quiso negar con la cabeza y desviar los ojos pero el terror lo había paralizado. Deseó estar muy lejos de allí, deseó no estar protagonizando lo que estaba sucediendo.
-¿Por qué? –dijo ella, sosteniendo el arma igualmente de firme. -¿Por qué dejaste que todo eso pasara? ¿Por qué no hiciste nada?
Cristian no podía pensar. La garganta se le había secado. Deseó que todo ello acabara, y pronto.
Muchas veces había pensado cómo moriría. Pero siempre habían sido ideas lejanas, sobre algún accidente luego de los sesenta, o alguna insuficiencia física producto de una vida de excesos. Pero no así.
Ella tragó saliva y él se percató que, a pesar de las ligeras notas de histeria en su voz, ella no había derramado ni una sola lágrima.
Pasaron unos segundos.
-Nunca entendiste. –dijo ella. –Nunca entendiste nada. Te alejaste de todo aquél que pudiera ser un involucramiento para vos. “No quiero involucrarme”. ¿Qué tan “desinvolucrado” estas ahora, eh? ¿Qué vas a hacer, solo? ¿De quién más te vas a alejar?
-Basta. –la interrumpió con los puños apretados. –Si vas a hacerlo… Hacelo de una vez.
-¿Qué te molesta que hable? ¿Tenés miedo de sentir alguna emoción antes de morirte?
-DEJÁ DE TORTURARME. Hacé lo que tengas que hacer.
-¿Tan poco valor le das a tu vida que te molesta que la prolongue?
Se quedaron en silencio. Él no soportaba más. Las piernas no lo sostenían, pero no iba a darle el gusto a ella de dejarse caer. Que lo matara. Que dejara de disfrutar de su estúpida situación de poder y lo matara de una buena vez.
- ¿No me escuchas, no? –murmuró ella con tristeza y bajó levemente el arma. –No me estás escuchando. ¿Sabés por qué estoy acá, lo sabés?
Él negó con la cabeza.
-No, claro, no lo sabés. –ella volvió a levantar el arma y lo apuntó a su frente, mientras él trastabillaba, alarmado. –Afectate. Dame una reacción. Dame una emoción, por favor… Demostrame que podés…
-Basta. Basta por favor… Terminá con esto…
-Defendete.
-No… Vas a matarme de todas formas, porque sos una resentida, porque…
-¡No soy una resentida! Te estoy enseñando.
-Estas loca. Loca completamente.
Ella suspiró deprimida.
-No me dejas alternativa. No me la dejas, Cris, ¿te das cuenta?
-Por favor…
Ella se paró firme en su lugar y clavó su mirada en las pupilas de él.
-Voy a despertarte, ¿me oís? Voy a traerte a la vida. Y para eso, a estas alturas, sólo hay un camino. Mucha suerte, Cris.
Y entonces, antes de que él dijera nada, todavía anonadado por lo que acababa de oír, el ruido de un disparo reverberó en el aire.
-¡NO!
Un segundo. La bala quedó suspendida justo a unos milímetros de su frente. Un viento frío lo envolvió todo y sintió que su cuerpo se elevaba por los aires.
Luego cayeron sus manos sobre las sábanas y se despertó sobresaltado. Temblaba y tenía la camiseta pegada al pecho.
Intentó compensar los latidos de su corazón y recuperar el aire lentamente. Sólo un sueño. Una pesadilla. Había comido demasiado. Sus ojos se detuvieron en la ventana, donde el sol naciente despertaba un brillo color sangre en la cortina.
Suspiró. Estúpida resentida.
jueves, 3 de junio de 2010
Y además, Te quiero
Quiero esa sonrisa.
La quiero más cuando tiene mi nombre,
cuando mi alma se mece suave en esa boca,
Tu boca.
Y además, Te quiero.
Quiero esos ojos, que se llenan de chispas cuando me ven,
quiero esa mirada cuando me mira por primera vez en el día,
y vuela para descansar tranquila en mis pupilas.
Y además, Te quiero.
Quiero tu piel bajo mis manos, cuando ruedo suave a perder mis sentidos,
quiero tu aire en derredor, quiero tus brazos llenando el espacio.
Y aún Te quiero más todavía, porque cuando me pierdo,
cuando “me hago la cabeza”, cuando me aturdo,
cuando mis pies corren a hundirse en mis laberintos,
hay una voz, Tu voz, que suena más fuerte, que me hace parpadear,
y con sólo nombrarme, con sólo llamarme, me traes de vuelta a la realidad.
Porque retumba mi nombre en tus labios y despierta mi frente,
porque ahí recuerdo que estoy con vos, que no me hundo,
y que no existe otro lugar en el mundo en el que yo prefiera estar.
La quiero más cuando tiene mi nombre,
cuando mi alma se mece suave en esa boca,
Tu boca.
Y además, Te quiero.
Quiero esos ojos, que se llenan de chispas cuando me ven,
quiero esa mirada cuando me mira por primera vez en el día,
y vuela para descansar tranquila en mis pupilas.
Y además, Te quiero.
Quiero tu piel bajo mis manos, cuando ruedo suave a perder mis sentidos,
quiero tu aire en derredor, quiero tus brazos llenando el espacio.
Y aún Te quiero más todavía, porque cuando me pierdo,
cuando “me hago la cabeza”, cuando me aturdo,
cuando mis pies corren a hundirse en mis laberintos,
hay una voz, Tu voz, que suena más fuerte, que me hace parpadear,
y con sólo nombrarme, con sólo llamarme, me traes de vuelta a la realidad.
Porque retumba mi nombre en tus labios y despierta mi frente,
porque ahí recuerdo que estoy con vos, que no me hundo,
y que no existe otro lugar en el mundo en el que yo prefiera estar.
domingo, 2 de mayo de 2010
Por qué hierve en nuestras venas
Y nos recuerdan por qué peleamos
Qué sal hierve en nuestras venas
y nos alista para la batalla.
Que voz nos trae de la gloria
-y nos trae del entierro.
Por que recuerda –viajante-
que cada sol trae sombras.
Cada grito a labios cerrados,
vale por todos esos silencios.
Y tiene un motivo, tiene un por qué,
y si te quedas callado un segundo,
si regalas mil siglos de este tiempo,
tal vez lo escuches y tal vez lo entiendas.
…
Entiendas que la batalla continúa,
que los motivos siguen frescos sobre la piel.
Y que este sol, que nos cuesta sangre y oro,
este sol, es lo mejor que se nos podría ofrecer.
Qué sal hierve en nuestras venas
y nos alista para la batalla.
Que voz nos trae de la gloria
-y nos trae del entierro.
Por que recuerda –viajante-
que cada sol trae sombras.
Cada grito a labios cerrados,
vale por todos esos silencios.
Y tiene un motivo, tiene un por qué,
y si te quedas callado un segundo,
si regalas mil siglos de este tiempo,
tal vez lo escuches y tal vez lo entiendas.
…
Entiendas que la batalla continúa,
que los motivos siguen frescos sobre la piel.
Y que este sol, que nos cuesta sangre y oro,
este sol, es lo mejor que se nos podría ofrecer.
domingo, 25 de abril de 2010
Signos (con la colaboración de MSS)
Hay personas tipo “coma”, que creen que a todo hay que agregarle algo más.
Hay personas puntos suspensivos, que dudan, que se quedan a la espera de palabras que no van a llegar, y así, punto a punto, dejan correr el tiempo, con una promesa muda que no se va a cumplir jamás…
Hay personas guión –necesitan esa pausa para no perder la cordura. Personas paréntesis, que siempre quieren brindar una explicación extra, que necesitan rellenar de excusas una oración para decir cosas que, al fin y al cabo, terminan siendo innecesarias (igual no es que no los entienda).
También hay “puntos y comas” que no se sabe nunca muy bien para qué están, pero nos caen bien.
Llaves, corchetes, preguntas (hay personas que son un misterio) y exclamaciones (y de acuerdo a la exclamación son personas que duelen, que nos alegran, que nos aturden o que simplemente sobresalen por todo lo demás).
Pero…
Sólo existen muy pocas personas “punto”. Personas tan, pero tan valientes como para saber cuándo, cómo, dónde y por qué escribir un punto final.
Y volver a empezar.
Hay personas puntos suspensivos, que dudan, que se quedan a la espera de palabras que no van a llegar, y así, punto a punto, dejan correr el tiempo, con una promesa muda que no se va a cumplir jamás…
Hay personas guión –necesitan esa pausa para no perder la cordura. Personas paréntesis, que siempre quieren brindar una explicación extra, que necesitan rellenar de excusas una oración para decir cosas que, al fin y al cabo, terminan siendo innecesarias (igual no es que no los entienda).
También hay “puntos y comas” que no se sabe nunca muy bien para qué están, pero nos caen bien.
Llaves, corchetes, preguntas (hay personas que son un misterio) y exclamaciones (y de acuerdo a la exclamación son personas que duelen, que nos alegran, que nos aturden o que simplemente sobresalen por todo lo demás).
Pero…
Sólo existen muy pocas personas “punto”. Personas tan, pero tan valientes como para saber cuándo, cómo, dónde y por qué escribir un punto final.
Y volver a empezar.
martes, 2 de marzo de 2010
Adaptación extracto "Un extraño en el espejo" (Sydney Sheldon)
Ana estaba sentada sola en la oscura cabina, acurrucada en una silla, las rodillas apoyadas contra el pecho, mirando al vacío. Sentía una terrible pena, una angustia que nacía en su pecho y se expandía, pero no era por Cristián ni por Tobías, ni siquiera por ella misma. No. No, ella sentía muchísima lástima por la niñita que había sido, la niñita que había llevado dentro, una niñita llamada Anita Martinez, que quería ser actriz. Ana había querido hacer tantas cosas por ella… y ahora sus sueños se habían desvanecido, y con ellos se habían ido también los maravillosos planes que había organizado para que ella fuera feliz.
Suspiró ensimismada. Ahora no quedaba nada por hacer, nada por decir. Le hubiera gustado odiar a conciencia tranquila a todos esos criminales que la habían matado pero ya ni le alcanzaban las fuerzas para eso. La amargura, la venganza y las lágrimas habían consumido sus últimas energías. Se lo habían llevado todo…
Con una resolución inusitada, Ana se levantó y se secó las lágrimas, que ya se habían secado hacía horas. Abrió la puerta del camarote y el aire de mar golpeó su frente.
Pese a la turbulencia, logró subir a la baranda. Ya casi se sentía del otro lado del abismo del que sólo la separaba el mar.
-Lo siento tanto…
Quiso completar la frase, pedirle disculpas a esa que había sido una vez, a la pequeña Anita, pero ya no le quedaba espíritu para tanto. Con una sonrisa de profunda paz, Ana se dejó caer al mar, y ni bien sintió el frio del agua se quedó profundamente dormida.
Suspiró ensimismada. Ahora no quedaba nada por hacer, nada por decir. Le hubiera gustado odiar a conciencia tranquila a todos esos criminales que la habían matado pero ya ni le alcanzaban las fuerzas para eso. La amargura, la venganza y las lágrimas habían consumido sus últimas energías. Se lo habían llevado todo…
Con una resolución inusitada, Ana se levantó y se secó las lágrimas, que ya se habían secado hacía horas. Abrió la puerta del camarote y el aire de mar golpeó su frente.
Pese a la turbulencia, logró subir a la baranda. Ya casi se sentía del otro lado del abismo del que sólo la separaba el mar.
-Lo siento tanto…
Quiso completar la frase, pedirle disculpas a esa que había sido una vez, a la pequeña Anita, pero ya no le quedaba espíritu para tanto. Con una sonrisa de profunda paz, Ana se dejó caer al mar, y ni bien sintió el frio del agua se quedó profundamente dormida.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Horizontal Reloj de Arena
Entonces vi una espalda. La espalda de una persona.
Una sola no, dos.
Y me paré de costado y lo ví, eran muchas y muchas personas mayores una parada atrás de la otra.
"Qué raro."
-¿Qué hacen? -le pregunté a la señora que estaba adelante.
La señora se dio vuelta despacio y tardó en encontrar de dónde provenía el sonido. Bajó la vista y ahí sí me encontró. Bufó.
-Es evidente. Esperamos.
-¿Y qué esperan?
-A que llegue nuestro turno. -dijo y después me dio la espalda otra vez.
Volví a mirar de costado, la fila seguía y seguía y se perdía en el horizonte.
No entendía. ¿Turno para qué?
Me giré y tironeé de la manga de la señora. Esta vez no tuvo que buscar con la mirada.
-Y... ¿por qué?
Volvió a bufar. Hacía el mismo ruido que el perro de mi abuela, que ya está re enfermito pobre, y no puede ladrar, entonces va por ahí diciendo "buf, buf".
-Porque nos dijeron que teníamos que esperar. ¿Por qué no te vas a jugar por ahí, nena?
Esa conversación me parecía muy tonta.
-Pero, ¿por qué?
-Son cosas de adultos, nena. Y ahora, shhhh... -dijo y se puso mirar al señor de adelante.
Inútil tratar de atraer su atención otra vez. No hubo caso. Salté y le hice "hola" con los brazos justo frente a su cara, pero nada. Era como si ya no existiera más, yo.
No me rendí. Yo quería develar el misterio. Además, ya venían tres personas más a sumarse a la fila.
Comencé a caminar hacia adelante. La fila seguía y estaba compuesta por más y más adultos. No había ningún nene.
Les pregunté a un montonazo. Yo creo que debe de haber un libreto para ser adulto. Como cosas que los adultos "deben decir". Y muchas de esas cosas deben empezar con "no". "No grites, no saltes, no llores, no hables, no te pares así, no dibujes allí, no cantes, no te rias, no mientas...". Todo no. Y ellos... Todas esas personas de la fila debían de ser muy adultas porque yo les preguntaba, y ellos respondían todas cosas parecidas... "Esperamos a que llegue nuestro turno... No interrumpas... No molestes... Tengo que prestar atención porque tal vez sea el próximo... Andá a jugar... Andate a otro lado... Andate."
Yo ya les estaba por hacer caso. Eso que estaban haciendo debía ser muy aburrido. Y entonces me di cuenta de una cosa: había un señor que estaba tan aburrido como yo, porque me miraba y bostezaba.
-¿Qué hacen señor? ¿Por qué están acá?
El señor pegó un saltito en el lugar y miró a su al rededor con miedo. Después acercó su cara y me dijo "chhhhsssss".
Entendí que quería que hablara bajito.
(-¿Qué pasa señor? ¿No se aburren de estar acá?)
(-¿Aburrirnos? ¡Claro que sí!)
Lo miré sorprendida. Era un viejito de ojos azules, pero así asustado parecía un nene como mis amigos de la escuela.
(-¿Y qué esperan?), susurré más bajito aún.
Miro para todos lados otra vez y me dijo al oído.
(-Nadie lo sabe, nena. Eso es lo más triste. La gente ve la fila y simplemente se pone atrás, porque cree que tanta gente adulta no se puede equivocar.)
Lo miré horrorizada.
(-¡Pero señor! ¡Entonces, ¿qué hace acá?! ¡Váyase! ¿Quiere venir a casa, a cenar? Mi mamá va a hacer milanesas y...)
(-¡Chhssss! ¡¿Estás loca?! ¡¿Y si justo el próximo es mi turno?!)
Una sola no, dos.
Y me paré de costado y lo ví, eran muchas y muchas personas mayores una parada atrás de la otra.
"Qué raro."
-¿Qué hacen? -le pregunté a la señora que estaba adelante.
La señora se dio vuelta despacio y tardó en encontrar de dónde provenía el sonido. Bajó la vista y ahí sí me encontró. Bufó.
-Es evidente. Esperamos.
-¿Y qué esperan?
-A que llegue nuestro turno. -dijo y después me dio la espalda otra vez.
Volví a mirar de costado, la fila seguía y seguía y se perdía en el horizonte.
No entendía. ¿Turno para qué?
Me giré y tironeé de la manga de la señora. Esta vez no tuvo que buscar con la mirada.
-Y... ¿por qué?
Volvió a bufar. Hacía el mismo ruido que el perro de mi abuela, que ya está re enfermito pobre, y no puede ladrar, entonces va por ahí diciendo "buf, buf".
-Porque nos dijeron que teníamos que esperar. ¿Por qué no te vas a jugar por ahí, nena?
Esa conversación me parecía muy tonta.
-Pero, ¿por qué?
-Son cosas de adultos, nena. Y ahora, shhhh... -dijo y se puso mirar al señor de adelante.
Inútil tratar de atraer su atención otra vez. No hubo caso. Salté y le hice "hola" con los brazos justo frente a su cara, pero nada. Era como si ya no existiera más, yo.
No me rendí. Yo quería develar el misterio. Además, ya venían tres personas más a sumarse a la fila.
Comencé a caminar hacia adelante. La fila seguía y estaba compuesta por más y más adultos. No había ningún nene.
Les pregunté a un montonazo. Yo creo que debe de haber un libreto para ser adulto. Como cosas que los adultos "deben decir". Y muchas de esas cosas deben empezar con "no". "No grites, no saltes, no llores, no hables, no te pares así, no dibujes allí, no cantes, no te rias, no mientas...". Todo no. Y ellos... Todas esas personas de la fila debían de ser muy adultas porque yo les preguntaba, y ellos respondían todas cosas parecidas... "Esperamos a que llegue nuestro turno... No interrumpas... No molestes... Tengo que prestar atención porque tal vez sea el próximo... Andá a jugar... Andate a otro lado... Andate."
Yo ya les estaba por hacer caso. Eso que estaban haciendo debía ser muy aburrido. Y entonces me di cuenta de una cosa: había un señor que estaba tan aburrido como yo, porque me miraba y bostezaba.
-¿Qué hacen señor? ¿Por qué están acá?
El señor pegó un saltito en el lugar y miró a su al rededor con miedo. Después acercó su cara y me dijo "chhhhsssss".
Entendí que quería que hablara bajito.
(-¿Qué pasa señor? ¿No se aburren de estar acá?)
(-¿Aburrirnos? ¡Claro que sí!)
Lo miré sorprendida. Era un viejito de ojos azules, pero así asustado parecía un nene como mis amigos de la escuela.
(-¿Y qué esperan?), susurré más bajito aún.
Miro para todos lados otra vez y me dijo al oído.
(-Nadie lo sabe, nena. Eso es lo más triste. La gente ve la fila y simplemente se pone atrás, porque cree que tanta gente adulta no se puede equivocar.)
Lo miré horrorizada.
(-¡Pero señor! ¡Entonces, ¿qué hace acá?! ¡Váyase! ¿Quiere venir a casa, a cenar? Mi mamá va a hacer milanesas y...)
(-¡Chhssss! ¡¿Estás loca?! ¡¿Y si justo el próximo es mi turno?!)
lunes, 22 de febrero de 2010
Sueños con sonido surround (o una N.E. inentendible jaja)
"Yo sería incapaz de..."
"¿De verdad? ¿Realmente hay algo de lo cual no seas capaz...?"
LLEGA A LA PANTALLA GRANDE…
“Es una mujer fría, no tiene escrúpulos…”
UNA PELÍCULA… CAPAZ DE DEMOSTRAR QUE UNA MUJER…
“Justamente por eso. Porque estoy enamorada de él es que voy a destruirlo.”
“¡Esta no sos vos, Caro!”
PUEDE CONQUISTAR LA CIMA…
“Los hombres son escalones… A la larga uno deja de contarlos…”
MOVIDA POR UN ÚNICO DESEO…
“Hay que hacer algo con Carolina… Si sigue así va a…”
Un disparo.
"¡Caro!”
LA VENGANZA.
“No sé qué parte no entendiste, de verdad…”, murmura la atractiva protagonista al tiempo en que saca una calibre 32.
“Te dije que un día todo esto iba a ser mío. Una pena, empezabas a caerme bien…”
Ruidos, sucesión rápida de imágenes (gran trabajo del director), más disparos, más gritos.
Se prendieron las luces y parpadeé aturdida.
-¿Qué…. Qué mierda…?
-¿Y, Caro? ¿Qué te pareció?
Samanta me miraba de pie junto a la pantalla. Tenía un cartelito que decía “Samanta O’Connel – Directora de Cine”. Parecía mucho más grande, y tenía una mirada horrible, no parecía ella, de hecho no estoy segura de que fuera Samy, pero tenía que serlo (era su cara, no había duda).
-Va a ser una gran película. Pienso titularla “La verdadera Carolina Rabe”.
Me puse de pie, apuntando a la pantalla.
-¿Esa… película… está inspirada en…? -tragué saliva. - ¿mí?
-Me quedaste igualita. La gente tiene que saber… Cuando una es una zorra no permanece en secreto mucho tiempo.
Miré a mi alrededor. Estaba en un estudio de cine. ¿Cómo había llegado a allí?
Y… ¿Y Samy? Me levanté del palco totalmente aturdida. ¿Mi Samy me habla así?
-Vos no… No, vos no sos Samy, sos otra, no sé…
Samy se rió. Y tenía una risa horrenda, bien de perra…
-Ay, Caro, Caro, tan clara te crees que la tenés…
-Pero, ¡esa de la pantalla no soy yo, no es mi vida, yo no…!
La Samy en versión turra negó con la cabeza.
-¿No te diste cuenta de que pasaron los años?
-Debe hacer mucho que no se mira al espejo. –dijo una voz de hombre que me dejó sin aire.
Y ahí de la nada, frente a mis ojos, apareció en el escenario Nacho, vestido con su uniforme del secundario. Ese que le quedaba tan pegado al cuerpo. El que le hace notar todos los músculos. El que me hace necesitar un balde para no babear el piso. Con ése uniforme.
-¿Na… nacho? ¿No estabas en Nueva Zelanda?
-¿Qué pasa, chica yo-me-las-sé-todas? ¿Estamos un poquito desactualizadas? –preguntó Samy y ahí nomás, lo tomó a Nacho por la cintura y comenzaron a besarse apasionadamente.
Los contemplé absorta.
...
No. No, con eso último se habían ido a la mierda.
Sin más preámbulo me lancé hacia adelante, empujando a Samy y, sentada sobre su estómago, comencé a pegarle con los nudillos (como me habían enseñado en Karate).
-¡IDIOTA! ¡ZORRA! ¡INGRATA! ¡Y YO QUE TE PRESTÉ MIS PUSH UP!
-¡No, Caro, no!
Nacho me separó y entonces no sé cómo, le pegué una patada en sus partes (eso no me lo enseñaron en Karate, pero no importa) y una vez derribado, empecé a pegarle también a él.
-¡NUEVA ZELANDA, ME DIJISTE!
De repente, escuché un sonido muy fuerte cerca de la cabeza (después descubrí que mi velador había volado por los aires). Desperté sobresaltada.
Estaba en mi cuarto. Mi cuarto. Palmeé la cama para estar segura y sentí alivio al tocar mis sábanas de los Jonas Brothers.
Mi película, el estudio de filmación, la Samy directora de cine y… y Nacho, habían sido todos parte de un sueño. O de una pesadilla cruce entre “Sé lo que hicieron el verano pasado” y “Jackie Chang”.
Traté de controlar la respiración (acababa de cagar a trompadas a dos personas, no era como para no estar agitada). Al costado de mi cama, Samy roncaba como si nada. El velador le había pasado rozando la oreja pero allí seguía ella, durmiendo lo más campante.
Me quedé mirándola unos segundos.
Luego mantuve los ojos abiertos con fuerza (si no intentaba acordarme de nada, entonces seguro no recordaría la pesadilla al día siguiente).
Pero había algo que me preocupaba. Miré a Samy otra vez y tuve una idea. La pateé para que se despertara.
-¡Ay! –exclamó dormida. -¿Qué?
-Samy, ¿a vos te gustaba Nacho?
-¿Quién?
Este es el problema con Samy. Que no sabe cuándo hablar en serio.
-Nacho. El que siempre decimos de no nombrar. Nacho, ¿te gustaba?
Samy levantó la vista y me miró en la oscuridad, todavía atontada.
-¿Na… Nacho? Qué se yo, Caro… Era lindo, pero a mi no me gustan los chicos que le gustan a todas, soy medio rara…
-Listo, genial. –respondí contenta, me giré hacia la izquierda y creo que ahí nomás me quedé dormida.
"¿De verdad? ¿Realmente hay algo de lo cual no seas capaz...?"
LLEGA A LA PANTALLA GRANDE…
“Es una mujer fría, no tiene escrúpulos…”
UNA PELÍCULA… CAPAZ DE DEMOSTRAR QUE UNA MUJER…
“Justamente por eso. Porque estoy enamorada de él es que voy a destruirlo.”
“¡Esta no sos vos, Caro!”
PUEDE CONQUISTAR LA CIMA…
“Los hombres son escalones… A la larga uno deja de contarlos…”
MOVIDA POR UN ÚNICO DESEO…
“Hay que hacer algo con Carolina… Si sigue así va a…”
Un disparo.
"¡Caro!”
LA VENGANZA.
“No sé qué parte no entendiste, de verdad…”, murmura la atractiva protagonista al tiempo en que saca una calibre 32.
“Te dije que un día todo esto iba a ser mío. Una pena, empezabas a caerme bien…”
Ruidos, sucesión rápida de imágenes (gran trabajo del director), más disparos, más gritos.
Se prendieron las luces y parpadeé aturdida.
-¿Qué…. Qué mierda…?
-¿Y, Caro? ¿Qué te pareció?
Samanta me miraba de pie junto a la pantalla. Tenía un cartelito que decía “Samanta O’Connel – Directora de Cine”. Parecía mucho más grande, y tenía una mirada horrible, no parecía ella, de hecho no estoy segura de que fuera Samy, pero tenía que serlo (era su cara, no había duda).
-Va a ser una gran película. Pienso titularla “La verdadera Carolina Rabe”.
Me puse de pie, apuntando a la pantalla.
-¿Esa… película… está inspirada en…? -tragué saliva. - ¿mí?
-Me quedaste igualita. La gente tiene que saber… Cuando una es una zorra no permanece en secreto mucho tiempo.
Miré a mi alrededor. Estaba en un estudio de cine. ¿Cómo había llegado a allí?
Y… ¿Y Samy? Me levanté del palco totalmente aturdida. ¿Mi Samy me habla así?
-Vos no… No, vos no sos Samy, sos otra, no sé…
Samy se rió. Y tenía una risa horrenda, bien de perra…
-Ay, Caro, Caro, tan clara te crees que la tenés…
-Pero, ¡esa de la pantalla no soy yo, no es mi vida, yo no…!
La Samy en versión turra negó con la cabeza.
-¿No te diste cuenta de que pasaron los años?
-Debe hacer mucho que no se mira al espejo. –dijo una voz de hombre que me dejó sin aire.
Y ahí de la nada, frente a mis ojos, apareció en el escenario Nacho, vestido con su uniforme del secundario. Ese que le quedaba tan pegado al cuerpo. El que le hace notar todos los músculos. El que me hace necesitar un balde para no babear el piso. Con ése uniforme.
-¿Na… nacho? ¿No estabas en Nueva Zelanda?
-¿Qué pasa, chica yo-me-las-sé-todas? ¿Estamos un poquito desactualizadas? –preguntó Samy y ahí nomás, lo tomó a Nacho por la cintura y comenzaron a besarse apasionadamente.
Los contemplé absorta.
...
No. No, con eso último se habían ido a la mierda.
Sin más preámbulo me lancé hacia adelante, empujando a Samy y, sentada sobre su estómago, comencé a pegarle con los nudillos (como me habían enseñado en Karate).
-¡IDIOTA! ¡ZORRA! ¡INGRATA! ¡Y YO QUE TE PRESTÉ MIS PUSH UP!
-¡No, Caro, no!
Nacho me separó y entonces no sé cómo, le pegué una patada en sus partes (eso no me lo enseñaron en Karate, pero no importa) y una vez derribado, empecé a pegarle también a él.
-¡NUEVA ZELANDA, ME DIJISTE!
De repente, escuché un sonido muy fuerte cerca de la cabeza (después descubrí que mi velador había volado por los aires). Desperté sobresaltada.
Estaba en mi cuarto. Mi cuarto. Palmeé la cama para estar segura y sentí alivio al tocar mis sábanas de los Jonas Brothers.
Mi película, el estudio de filmación, la Samy directora de cine y… y Nacho, habían sido todos parte de un sueño. O de una pesadilla cruce entre “Sé lo que hicieron el verano pasado” y “Jackie Chang”.
Traté de controlar la respiración (acababa de cagar a trompadas a dos personas, no era como para no estar agitada). Al costado de mi cama, Samy roncaba como si nada. El velador le había pasado rozando la oreja pero allí seguía ella, durmiendo lo más campante.
Me quedé mirándola unos segundos.
Luego mantuve los ojos abiertos con fuerza (si no intentaba acordarme de nada, entonces seguro no recordaría la pesadilla al día siguiente).
Pero había algo que me preocupaba. Miré a Samy otra vez y tuve una idea. La pateé para que se despertara.
-¡Ay! –exclamó dormida. -¿Qué?
-Samy, ¿a vos te gustaba Nacho?
-¿Quién?
Este es el problema con Samy. Que no sabe cuándo hablar en serio.
-Nacho. El que siempre decimos de no nombrar. Nacho, ¿te gustaba?
Samy levantó la vista y me miró en la oscuridad, todavía atontada.
-¿Na… Nacho? Qué se yo, Caro… Era lindo, pero a mi no me gustan los chicos que le gustan a todas, soy medio rara…
-Listo, genial. –respondí contenta, me giré hacia la izquierda y creo que ahí nomás me quedé dormida.
lunes, 15 de febrero de 2010
Las cosas que le dije al espejo (MDP1)
No necesito que te rias de todos mis chistes. No soy tan graciosa, por favor. Pero sí que me mires de frente cuando te hablo.
No necesito que digas todo el tiempo cosas hiper archi interesantes. Me aburrirías. Pero sí quiero que pronuncies mi nombre fuerte y claro, sin miedo a quien lo escuche.
No quiero ni necesito que estés ahí siempre, desde siempre y para siempre. Pero sí quiero y necesito que cuando te quiera y te necesite no mires a un costado y tosas de forma discreta.
No quiero tu mundo, porque yo ya tengo el mío. Pero sí me gustaría que de vez en cuando traces un puente entre ambos.
No quiero ni tu vida ni tu alma, te quedarías vacío; tampoco quiero tu aire porque no podrías respirar. Yo disfruto de tu perfume cada vez que pasas cerca.
No quiero un pasacalle ni un graffiti que diga que me querés, quiero que me quieras si me querés y sólo en el momento que me quieras.
Tampoco quiero tu mano para cruzar la calle (no tengo tres años) pero sí estaría bueno que te fijes (y que te preocupe) que no me pisen.
Y, por último, no te quiero de galera y smoking a partir de las 2 del mediodía. Pero sí quiero que estés ahí después de que den las 12 y que me dejes correr descalza y libre por la calle, y no me corras con zapatitos.
No necesito que digas todo el tiempo cosas hiper archi interesantes. Me aburrirías. Pero sí quiero que pronuncies mi nombre fuerte y claro, sin miedo a quien lo escuche.
No quiero ni necesito que estés ahí siempre, desde siempre y para siempre. Pero sí quiero y necesito que cuando te quiera y te necesite no mires a un costado y tosas de forma discreta.
No quiero tu mundo, porque yo ya tengo el mío. Pero sí me gustaría que de vez en cuando traces un puente entre ambos.
No quiero ni tu vida ni tu alma, te quedarías vacío; tampoco quiero tu aire porque no podrías respirar. Yo disfruto de tu perfume cada vez que pasas cerca.
No quiero un pasacalle ni un graffiti que diga que me querés, quiero que me quieras si me querés y sólo en el momento que me quieras.
Tampoco quiero tu mano para cruzar la calle (no tengo tres años) pero sí estaría bueno que te fijes (y que te preocupe) que no me pisen.
Y, por último, no te quiero de galera y smoking a partir de las 2 del mediodía. Pero sí quiero que estés ahí después de que den las 12 y que me dejes correr descalza y libre por la calle, y no me corras con zapatitos.
viernes, 5 de febrero de 2010
Contratiempos de una vida ocupada
La música vibró, sublime.
Uno, dos.
Los pasos, la madera bajo mis pies, tan cálida, tan firme, tan ajena al paso del tiempo.
Uno, dos. Dos, tres.
Mientras me estiro, me parece que vuelo, que pierdo materia que gano en aire, en espíritu. Y ya la punta de mis pies está al borde del abismo, al borde de soltarse, de soltarme a la gravedad infinita.
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro.
Y creo que el ritmo de la música y mi corazón son uno, que ese ritmo nació para mí de una canción, del principio de los tiempos, casi casi como mi alma.
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro tres dos, cinco.
Ya no quiero saber mi nombre… Ni mi pasado, ya no quiero paredes ni cajas de cartón donde oxidarme. Giro y me vuelvo a estirar y sonrío a mi público imaginario, que me devuelve la mirada desde el espejo, maravillado, feliz y eterno.
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro tres dos, cinco. Cinco, seis, seis siete.
Y ya casi se me acaba la hora que uso de la sala, un minuto más, un segundo más…
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro tres dos, cinco. Cinco, seis, seis siete, ocho.
Trato de alcanzar el techo, de hacerme gigante, de llegar antes…
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro tres dos, cinco. Cinco, seis, seis siete, ocho. Seis siete, ocho nueve.
Empiezo a escuchar el tic tac del reloj como si hasta entonces se hubiera mantenido callado. Una bocina, el golpe en la puerta, risas de fondo…
Uno, dos. Dos tres, dos, dos tres, dos, dos… Dos…
- ¿Se puede pasar? –pregunta una chica de mi edad y abre la elegante puerta de vidrio. Detrás de sí, unas niñas rosadas en vueltas en tutú me miran asombradas.
Parpadeo.
Cecilia. Mi nombre es Cecilia.
…
¡¡Y estoy llegando tarde a la oficina otra vez!!
Me calzo las zapatillas a toda velocidad, lanzo la ropa al bolso, me lo cargo al hombro y corro a la salida, apenas deteniéndome para saludar a Jimena, la administradora.
“Dios mío, ¿otra vez? ¡¿Se puede saber en qué me quedo pensando?!”
Uno, dos.
Los pasos, la madera bajo mis pies, tan cálida, tan firme, tan ajena al paso del tiempo.
Uno, dos. Dos, tres.
Mientras me estiro, me parece que vuelo, que pierdo materia que gano en aire, en espíritu. Y ya la punta de mis pies está al borde del abismo, al borde de soltarse, de soltarme a la gravedad infinita.
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro.
Y creo que el ritmo de la música y mi corazón son uno, que ese ritmo nació para mí de una canción, del principio de los tiempos, casi casi como mi alma.
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro tres dos, cinco.
Ya no quiero saber mi nombre… Ni mi pasado, ya no quiero paredes ni cajas de cartón donde oxidarme. Giro y me vuelvo a estirar y sonrío a mi público imaginario, que me devuelve la mirada desde el espejo, maravillado, feliz y eterno.
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro tres dos, cinco. Cinco, seis, seis siete.
Y ya casi se me acaba la hora que uso de la sala, un minuto más, un segundo más…
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro tres dos, cinco. Cinco, seis, seis siete, ocho.
Trato de alcanzar el techo, de hacerme gigante, de llegar antes…
Uno, dos. Dos tres, dos, cuatro tres dos, cinco. Cinco, seis, seis siete, ocho. Seis siete, ocho nueve.
Empiezo a escuchar el tic tac del reloj como si hasta entonces se hubiera mantenido callado. Una bocina, el golpe en la puerta, risas de fondo…
Uno, dos. Dos tres, dos, dos tres, dos, dos… Dos…
- ¿Se puede pasar? –pregunta una chica de mi edad y abre la elegante puerta de vidrio. Detrás de sí, unas niñas rosadas en vueltas en tutú me miran asombradas.
Parpadeo.
Cecilia. Mi nombre es Cecilia.
…
¡¡Y estoy llegando tarde a la oficina otra vez!!
Me calzo las zapatillas a toda velocidad, lanzo la ropa al bolso, me lo cargo al hombro y corro a la salida, apenas deteniéndome para saludar a Jimena, la administradora.
“Dios mío, ¿otra vez? ¡¿Se puede saber en qué me quedo pensando?!”
miércoles, 3 de febrero de 2010
Una de las campanas (O Intrusos Vs. Samy)
Estaba a la mitad de una imperdible emisión de Intrusos. Ricardo Fort acababa de decir no se qué barbaridad de la señora Moria (justo prendí el lavavajillas y no escuché) pero parecía que se había armado la gorda.
Y entonces, suena el timbre.
-¡Voy! –grité sin levantarme del asiento. Ahora había entrado en comunicación Moria. GENIAL.
Otro timbre. ¿Quién podía ser? Estaba lloviendo a cántaros. Una pena no haber podido grabar lo que estaba sucediendo en la caja boba, ahora parecía que era un todos contra todos…
El tercer timbre me rompió la paciencia.
-¡Pero, ¿será posible?! ¿Quién es el pelotud…?
Abrí la puerta y ahí, empapada y llorando estaba Samy, con unos shortcitos mini y una capucha roja.
-¿Samy? –balbuceé perpleja.
-¡Ay, Caroooo! –y ahí nomás, la muy insensible dio dos pasos hacia mí, me abrazó (evidentemente no entendía que si yo quería una ducha tenía el baño), y se largó a llorar sobre mi hombro.
Con muy buen criterio de mi parte, cerré la puerta y la invité a sentarse a la mesa, mientras le hacía una de esas sopas instantáneas.
-¿Zapallo o espárragos?
Samy se sonó los mocos con la manga de la campera y murmuró algo ininteligible. Muy bien, Zapallo.
-Fue horrible Caro… -murmuró, luego de haber tomado un par de sorbos de la sopa. –Nunca me sentí tan tonta…
No hago comentarios sobre este tipo de declaraciones de Samy.
-A ver… -dije, tratando de parecer comprensiva. -¿Qué pasó? ¿De dónde venís?
-De lo de… De lo de… -Samy inspiró ruidosamente. –De lo de Damián… Fui a hacer el trabajo, ¿te acordas? De que me llamó y me pidió que…
-¿Fuiste? –le pregunté, incrédula. Y luego la miré de arriba abajo. -¿Así vestida?
Samy dejó caer la taza y me miró fijo, casi desafiando mi criterio.
-¿Qué tiene?
Ay. Ay, ay ay. Y después se queja. Negué con la cabeza.
-¿Es que nunca me vas a escuchar, verdad Samanta?
Ella sabe que cuando uso su nombre completo es porque se mandó una cagada. Si algo le faltaba a su estado general era ponerse pálida.
-¡¿Qué?!
-Samy… -expliqué con infinita paciencia. -¿Vos estuviste sentada… con shorts puestos? ¿No sabés lo que pasa con esa parte del cuerpo que se llaman muslos?
Samy miró hacia abajo (estaba sentada) para comprender a lo que yo me refería y lanzó un grito de horror.
-¡No…!
Yo asentí, contenta de que hubiera despertado a la realidad.
-Lo siento Samy. Eso como punto número 1. Bien, ahora, ¿qué ocurrió?
Luego de varios segundos de contemplación de sus piernas al mejor estilo la película Psicosis, Samy levantó la vista con el rostro otra vez bañado en lágrimas.
-Bueno nada… Que… Empezamos a hacer el trabajo y… Y nada, no sé… Hicimos el trabajo de Proyectual. –concluyó abruptamente.
Yo levanté una ceja.
-¿Y? -Samy tragó saliva sin mirarme y no dijo nada. En intrusos dos acababan de agarrarse de los pelos, maldición.
-Es que… -dijo Samy. –Yo creía que no sé… Si me ponía linda…
-Uy, Samy, cortala.
Samy se volvió hacia mí, que no fui tan rápida como para apartar la mirada del televisor sin que se diera cuenta y me fulminó con la mirada.
-¡¡No me digas que la corte como si estuviera loca!!
-Lo estás. –le dije. –Y muy loca. ¿Vos ves alguien en el casino haciendo un “all in” a un solo número? No. ¿Acaso los cartones del bingo vienen con un solo número? Yo creo que no. ¿Alguien saca un CD por sólo una canción? Obviando a los Mambrú y a las Bandanas éstas, que ya no los conoce ni la vieja. No, no y no.
Samy revolvió con violencia la sopa.
-Si estás diciendo que debo comportarme como una trola…
-Decime la verdad Samy, ¿alguna vez me fue mal con un chico? Yo te respondo: No. Y eso es porque sé de lo que hablo.
-Pero… no entiendo… ¿para qué me pidió que vaya ayudarlo? Le hubiera pedido a la hermana que se egresó el año pasado, o a Verónica que es su mejor amiga, no a mí…
¡Dios mío, alguien le había dado una bofetada a otro alguien en la pantalla y yo no tenía idea de lo que estaba pasando! Subí el volumen del televisor, pero tarde, ya se iban al corte publicitario…
-¡Me estoy perdiendo de todo, Samy!
-Perdón… -respondió con voz apocalíptica.
Me giré y vi que miraba la taza con serias intenciones de ahogarse en ella. Se la quité de un tirón.
-A ver… -iba a procurar ayudarla, por el bien de las dos. –Yo no puedo ponerme analizar la retorcida forma en que piensa este muchacho, ¿de acuerdo? Sólo digo que hoy estabas ahí, a su alcance y él no tomó la oportunidad. Fin de la cuestión.
-Por ahí quiere ir despacio… -protestó en un susurro. –O le pareció que en el medio de un trabajo y en su casa no era el lugar ideal…
-Bla bla bla. Excusas, excusas, excusas. Si una les da demasiadas oportunidades, se acostumbran. –la sujeté por el brazo, en ademán maternal. –Haceme caso, Samy. ¿Qué digo yo siempre que es lo más importante?
-¿El amor? –respondió como una autómata.
Mi Dios.
-No, Samy, tratá de concentrarte… -intenté otra vez. -¿Qué cosa hay que privilegiar sobre qué cosa?
La miré atenta y Samy rompió a llorar.
-¡No sé, no sé! –exclamó desesperada. -¡Si supiera…! ¡Si supiera todas esas cosas, no me saldría todo tan mal!
-Calma, Samanta, calma. –dije tratando de apaciguarla. Otro bloque de intrusos. Realmente tengo que ser una excelente amiga para aguantar todo eso. –Te la voy a hacer muuuuuy fácil. ¿Qué es más importante que la caaaalidad?
Ahí entendió y me miró mordiéndose el labio inferior.
-¿La…la cantidad?
Sonreí de oreja a oreja.
-Ahora te voy a buscar algo de ropa y salimos.
-¿Sa… salir? ¿A dónde? –preguntó y casi se cae de la silla al levantarse.
-Estoy segura de que Leonardo o Nacho tienen algún amigo interesante.
-Pero… pero…
-¡Sin peros, Samy! ¿O qué? –me jugué la carta maestra. -¿Preferís quedarte acá, adelantando el trabajo de Proyectual?
Samy me dirigió una mirada rara. Mezcla de asombro y de desafío.
-Mirá que sos mala, eh…
-Prefiero el calificativo “realista”. –respondí con honestidad al tiempo en que me internaba en mi placard.
Y entonces, suena el timbre.
-¡Voy! –grité sin levantarme del asiento. Ahora había entrado en comunicación Moria. GENIAL.
Otro timbre. ¿Quién podía ser? Estaba lloviendo a cántaros. Una pena no haber podido grabar lo que estaba sucediendo en la caja boba, ahora parecía que era un todos contra todos…
El tercer timbre me rompió la paciencia.
-¡Pero, ¿será posible?! ¿Quién es el pelotud…?
Abrí la puerta y ahí, empapada y llorando estaba Samy, con unos shortcitos mini y una capucha roja.
-¿Samy? –balbuceé perpleja.
-¡Ay, Caroooo! –y ahí nomás, la muy insensible dio dos pasos hacia mí, me abrazó (evidentemente no entendía que si yo quería una ducha tenía el baño), y se largó a llorar sobre mi hombro.
Con muy buen criterio de mi parte, cerré la puerta y la invité a sentarse a la mesa, mientras le hacía una de esas sopas instantáneas.
-¿Zapallo o espárragos?
Samy se sonó los mocos con la manga de la campera y murmuró algo ininteligible. Muy bien, Zapallo.
-Fue horrible Caro… -murmuró, luego de haber tomado un par de sorbos de la sopa. –Nunca me sentí tan tonta…
No hago comentarios sobre este tipo de declaraciones de Samy.
-A ver… -dije, tratando de parecer comprensiva. -¿Qué pasó? ¿De dónde venís?
-De lo de… De lo de… -Samy inspiró ruidosamente. –De lo de Damián… Fui a hacer el trabajo, ¿te acordas? De que me llamó y me pidió que…
-¿Fuiste? –le pregunté, incrédula. Y luego la miré de arriba abajo. -¿Así vestida?
Samy dejó caer la taza y me miró fijo, casi desafiando mi criterio.
-¿Qué tiene?
Ay. Ay, ay ay. Y después se queja. Negué con la cabeza.
-¿Es que nunca me vas a escuchar, verdad Samanta?
Ella sabe que cuando uso su nombre completo es porque se mandó una cagada. Si algo le faltaba a su estado general era ponerse pálida.
-¡¿Qué?!
-Samy… -expliqué con infinita paciencia. -¿Vos estuviste sentada… con shorts puestos? ¿No sabés lo que pasa con esa parte del cuerpo que se llaman muslos?
Samy miró hacia abajo (estaba sentada) para comprender a lo que yo me refería y lanzó un grito de horror.
-¡No…!
Yo asentí, contenta de que hubiera despertado a la realidad.
-Lo siento Samy. Eso como punto número 1. Bien, ahora, ¿qué ocurrió?
Luego de varios segundos de contemplación de sus piernas al mejor estilo la película Psicosis, Samy levantó la vista con el rostro otra vez bañado en lágrimas.
-Bueno nada… Que… Empezamos a hacer el trabajo y… Y nada, no sé… Hicimos el trabajo de Proyectual. –concluyó abruptamente.
Yo levanté una ceja.
-¿Y? -Samy tragó saliva sin mirarme y no dijo nada. En intrusos dos acababan de agarrarse de los pelos, maldición.
-Es que… -dijo Samy. –Yo creía que no sé… Si me ponía linda…
-Uy, Samy, cortala.
Samy se volvió hacia mí, que no fui tan rápida como para apartar la mirada del televisor sin que se diera cuenta y me fulminó con la mirada.
-¡¡No me digas que la corte como si estuviera loca!!
-Lo estás. –le dije. –Y muy loca. ¿Vos ves alguien en el casino haciendo un “all in” a un solo número? No. ¿Acaso los cartones del bingo vienen con un solo número? Yo creo que no. ¿Alguien saca un CD por sólo una canción? Obviando a los Mambrú y a las Bandanas éstas, que ya no los conoce ni la vieja. No, no y no.
Samy revolvió con violencia la sopa.
-Si estás diciendo que debo comportarme como una trola…
-Decime la verdad Samy, ¿alguna vez me fue mal con un chico? Yo te respondo: No. Y eso es porque sé de lo que hablo.
-Pero… no entiendo… ¿para qué me pidió que vaya ayudarlo? Le hubiera pedido a la hermana que se egresó el año pasado, o a Verónica que es su mejor amiga, no a mí…
¡Dios mío, alguien le había dado una bofetada a otro alguien en la pantalla y yo no tenía idea de lo que estaba pasando! Subí el volumen del televisor, pero tarde, ya se iban al corte publicitario…
-¡Me estoy perdiendo de todo, Samy!
-Perdón… -respondió con voz apocalíptica.
Me giré y vi que miraba la taza con serias intenciones de ahogarse en ella. Se la quité de un tirón.
-A ver… -iba a procurar ayudarla, por el bien de las dos. –Yo no puedo ponerme analizar la retorcida forma en que piensa este muchacho, ¿de acuerdo? Sólo digo que hoy estabas ahí, a su alcance y él no tomó la oportunidad. Fin de la cuestión.
-Por ahí quiere ir despacio… -protestó en un susurro. –O le pareció que en el medio de un trabajo y en su casa no era el lugar ideal…
-Bla bla bla. Excusas, excusas, excusas. Si una les da demasiadas oportunidades, se acostumbran. –la sujeté por el brazo, en ademán maternal. –Haceme caso, Samy. ¿Qué digo yo siempre que es lo más importante?
-¿El amor? –respondió como una autómata.
Mi Dios.
-No, Samy, tratá de concentrarte… -intenté otra vez. -¿Qué cosa hay que privilegiar sobre qué cosa?
La miré atenta y Samy rompió a llorar.
-¡No sé, no sé! –exclamó desesperada. -¡Si supiera…! ¡Si supiera todas esas cosas, no me saldría todo tan mal!
-Calma, Samanta, calma. –dije tratando de apaciguarla. Otro bloque de intrusos. Realmente tengo que ser una excelente amiga para aguantar todo eso. –Te la voy a hacer muuuuuy fácil. ¿Qué es más importante que la caaaalidad?
Ahí entendió y me miró mordiéndose el labio inferior.
-¿La…la cantidad?
Sonreí de oreja a oreja.
-Ahora te voy a buscar algo de ropa y salimos.
-¿Sa… salir? ¿A dónde? –preguntó y casi se cae de la silla al levantarse.
-Estoy segura de que Leonardo o Nacho tienen algún amigo interesante.
-Pero… pero…
-¡Sin peros, Samy! ¿O qué? –me jugué la carta maestra. -¿Preferís quedarte acá, adelantando el trabajo de Proyectual?
Samy me dirigió una mirada rara. Mezcla de asombro y de desafío.
-Mirá que sos mala, eh…
-Prefiero el calificativo “realista”. –respondí con honestidad al tiempo en que me internaba en mi placard.
sábado, 30 de enero de 2010
Estación
Hay manos que te empujan a los andenes
Y te quedas como quieto, a la espera
Aunque falten siglos para que pase ese tren.
Hay trenes que no llevan a ningún lado, haciéndose de la tierra misma
Dueños del viento, crudos de cientos de verdades
Y vuelven a enterrarse a los metros,
Presos del pánico de tren, presos de su destino
De morir amalgamados con el todo.
Hay calles que conducen por pasadizos misteriosos,
Y vos apretás el paso, con curiosidad,
Porque allá al final hay una forma distinta,
Algo que se mueve, que cruje, que está vivo,
y es sólo otro tren capaz de arrastrarte, ¿quién te dice? Hasta la próxima estación.
Una estación, tu estación; un boleto, un tren. Y las vías que siempre siguen.
Y te quedas como quieto, a la espera
Aunque falten siglos para que pase ese tren.
Hay trenes que no llevan a ningún lado, haciéndose de la tierra misma
Dueños del viento, crudos de cientos de verdades
Y vuelven a enterrarse a los metros,
Presos del pánico de tren, presos de su destino
De morir amalgamados con el todo.
Hay calles que conducen por pasadizos misteriosos,
Y vos apretás el paso, con curiosidad,
Porque allá al final hay una forma distinta,
Algo que se mueve, que cruje, que está vivo,
y es sólo otro tren capaz de arrastrarte, ¿quién te dice? Hasta la próxima estación.
Una estación, tu estación; un boleto, un tren. Y las vías que siempre siguen.
martes, 26 de enero de 2010
Es PARA PEGARLE
Sí, conocen a ese tipo de personas. Esas que tienen (sin lugar a dudas) la mejor intención del mundo, pero sin embargo en determinados momentos esa “mejor intención del mundo” cae como el o%$• y uno se plantea seriamente el homicidio.
“Si la enveneno… si la estrolo contra la pared… si la empujo por las escaleras…”
Y la pobre santa nos mira y –lo más imperdonable de todo- nos COMPRENDE, y nos tiene paciencia. ¡DIOS! Desearía que vos y tu optimismo se enterraran en el mismo centro de la tierra, que tu cerebro se recalentara, explotara y salpicara las paredes, que…
Pobre, ¿no? ES una santa. Pero insoportable.
Tenes el peor día de tu vida. Tu perro te meó los zapatos nuevos. No había comida en la heladera para llevarte. Pasaron cuatro 47 de largo y llegaste cuarenta y cinco minutos tarde a la oficina. Obvio, todos eligieron ese día para llegar antes que vos (ya habías visto los dos ascensores del edificio estacionados en el quinto piso –no podía ser de otra forma).
Todos se mantienen lejos. Te CONOCEN. SABEN que no deben acercarse.
Pero ella hace caso omiso al cartel de neón que tenes en la frente de “HOY no me joda NADIE”. No, no, no sé si pertenecerá al Cuerpo de Paz, a la Cruz Roja o a Greepeace. No lo sé.
Sólo sé que ella viene, ¿no?, y la desgraciada tiene la mejor intención del mundo, pero viene y ahí, ahí no más te suelta su frase de cabecera “¿Te pasa algo?”.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
Te hace un café. Te abanica. Te prende la luz de la mesita para que veas mejor. Vos ya no sabés qué hacer con ella, aparece tipo Droopy por todos lados. Si la dejaras, te lustraría los zapatos, te llevaría a pagar esa factura del teléfono que se venció hace un mes y medio, y llamaría a tu novio por vos.
Hasta a veces logra que se despierte tu cuasi nulo espíritu de mártir y pensás en matarte, sólo para no matarla. Tu día sigue siendo catastrófico: salteaste el almuerzo, a tu mejor amiga le vino, no hay coca, hay pepsi…
Pero ella. Ella tiene solución a todo. Y no entiende que vos no querés soluciones, no, a esta altura del partido lo que menos querés es soluciones simples y sensatas… Una solución simple y sensata a estas alturas sería una granada.
Y ya llegando casi al final de este relato me doy cuenta de que uno después de todo se termina encariñando con estas personas. En nuestra historia imaginaria también va llegando el final del día y sin saber cómo, ella acaba de convencerte de que termines tu trabajo mañana y te vayas a tu casa.
Suspirás. Afuera empieza a lloviznar y pegas la nariz al vidrio de la ventana.
-Nos vamos a mojar. –decís con aire taciturno.
-¡No importa: traje paraguas! Es re linda la lluvia de verano.
Linda. Ella dijo “Linda”. Estas con sandalias chatitas en una zona inundable. Hace frío y, por supuesto, tenés dos colectivos y diez cuadras hasta tu casa.
La mirás con ganas de comértela cruda pero entonces te das cuenta de que la desgraciada está sonriendo, sonriendo de oreja a oreja mientras te ofrece su paraguas… Y de alguna forma inexplicable te encontras sonriendo vos también, con las mismas ganas de matarla, eso seguro, pero sonriendo por primera vez en ese día de mierda…
“Si la enveneno… si la estrolo contra la pared… si la empujo por las escaleras…”
Y la pobre santa nos mira y –lo más imperdonable de todo- nos COMPRENDE, y nos tiene paciencia. ¡DIOS! Desearía que vos y tu optimismo se enterraran en el mismo centro de la tierra, que tu cerebro se recalentara, explotara y salpicara las paredes, que…
Pobre, ¿no? ES una santa. Pero insoportable.
Tenes el peor día de tu vida. Tu perro te meó los zapatos nuevos. No había comida en la heladera para llevarte. Pasaron cuatro 47 de largo y llegaste cuarenta y cinco minutos tarde a la oficina. Obvio, todos eligieron ese día para llegar antes que vos (ya habías visto los dos ascensores del edificio estacionados en el quinto piso –no podía ser de otra forma).
Todos se mantienen lejos. Te CONOCEN. SABEN que no deben acercarse.
Pero ella hace caso omiso al cartel de neón que tenes en la frente de “HOY no me joda NADIE”. No, no, no sé si pertenecerá al Cuerpo de Paz, a la Cruz Roja o a Greepeace. No lo sé.
Sólo sé que ella viene, ¿no?, y la desgraciada tiene la mejor intención del mundo, pero viene y ahí, ahí no más te suelta su frase de cabecera “¿Te pasa algo?”.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
Te hace un café. Te abanica. Te prende la luz de la mesita para que veas mejor. Vos ya no sabés qué hacer con ella, aparece tipo Droopy por todos lados. Si la dejaras, te lustraría los zapatos, te llevaría a pagar esa factura del teléfono que se venció hace un mes y medio, y llamaría a tu novio por vos.
Hasta a veces logra que se despierte tu cuasi nulo espíritu de mártir y pensás en matarte, sólo para no matarla. Tu día sigue siendo catastrófico: salteaste el almuerzo, a tu mejor amiga le vino, no hay coca, hay pepsi…
Pero ella. Ella tiene solución a todo. Y no entiende que vos no querés soluciones, no, a esta altura del partido lo que menos querés es soluciones simples y sensatas… Una solución simple y sensata a estas alturas sería una granada.
Y ya llegando casi al final de este relato me doy cuenta de que uno después de todo se termina encariñando con estas personas. En nuestra historia imaginaria también va llegando el final del día y sin saber cómo, ella acaba de convencerte de que termines tu trabajo mañana y te vayas a tu casa.
Suspirás. Afuera empieza a lloviznar y pegas la nariz al vidrio de la ventana.
-Nos vamos a mojar. –decís con aire taciturno.
-¡No importa: traje paraguas! Es re linda la lluvia de verano.
Linda. Ella dijo “Linda”. Estas con sandalias chatitas en una zona inundable. Hace frío y, por supuesto, tenés dos colectivos y diez cuadras hasta tu casa.
La mirás con ganas de comértela cruda pero entonces te das cuenta de que la desgraciada está sonriendo, sonriendo de oreja a oreja mientras te ofrece su paraguas… Y de alguna forma inexplicable te encontras sonriendo vos también, con las mismas ganas de matarla, eso seguro, pero sonriendo por primera vez en ese día de mierda…
sábado, 23 de enero de 2010
De plástico, de arena, veneno y miel
Acá estoy, con mis penas sobre héroes de plástico y mártires hipotéticos.
Tratando de olvidar memorias adulteradas y presentes corroídos por un tiempo que nunca les sucedió.
Reflexionando futuros de patas cortas, horizontes de veneno y miel.
Hasta que mis manos cesen el recorrido. Hasta que los párpados se cierren para viajar a ese mundo que no alcanzan en la realidad. A soñar héroes de plástico y mártires hipotéticos en una nuble blanca, de algodón de azúcar.
Porque allí, en ese universo, el héroe posa la vista en el horizonte y sus piernas de plástico ceden a la voluntad del viento y un mártir hipotético y engreído crece en la oscuridad del silencio, toma mi mano, se acerca a la ventana e, inesperadamente, se convierte en héroe.
Tratando de olvidar memorias adulteradas y presentes corroídos por un tiempo que nunca les sucedió.
Reflexionando futuros de patas cortas, horizontes de veneno y miel.
Hasta que mis manos cesen el recorrido. Hasta que los párpados se cierren para viajar a ese mundo que no alcanzan en la realidad. A soñar héroes de plástico y mártires hipotéticos en una nuble blanca, de algodón de azúcar.
Porque allí, en ese universo, el héroe posa la vista en el horizonte y sus piernas de plástico ceden a la voluntad del viento y un mártir hipotético y engreído crece en la oscuridad del silencio, toma mi mano, se acerca a la ventana e, inesperadamente, se convierte en héroe.
lunes, 18 de enero de 2010
ST 45º
Sé que hay vida allá afuera. Sé que alguna vez la hubo.
Estoy tirada sobre la alfombra de mi cuarto. Me estoy derritiendo literalmente, y sospecho que ya soy parte del suelo, de forma que estamos haciendo un sándwich entre lo que un albañil un día construyó como entrepiso, la alfombra y yo.
Llueve. No estoy tan insonorizada como para no oír la lluvia, el viento arreciando contra la casa, pero parece que las paredes aún no van a caerse y mientras eso no ocurra…
Me doy vuelta y me arrastro hasta quedar debajo del aire acondicionado. Aire. Aire. ¿Se habrá inundado el patio? ¿Tendré que cerrar las ventanas de abajo?
No sé cuánto tiempo ha transcurrido. No voy a salir. He decidido quedarme aquí hasta que termine el verano. No iré a trabajar. Ni siquiera creo tener energía para llamar y avisar. ¿Seguirá funcionando el mundo allá afuera?
Creo que no. Me imagino un montón de masas uniformes arrojadas pansa arriba bajo ventiladores, rogando por una brisa que no existe, intentando simular que siguen vivos, esperando, siempre a la espera de que baje la temperatura mágicamente… Pero eso también es una utopía.
Mi perro aúlla. ¿Le habré dado de comer? ¿Cuándo fue la última vez?
No comeré. No beberé. No tengo fuerzas; no puedo salir de aquí.
¿Qué se sentirá tener a la humanidad así, esclava de la tecnología?
Estoy empezando a pensar que esto puede ser una especie del complot.
Sí. Ya veo la lucecita roja del aire acondicionado. Es como en la película •Yo, Robot•.
Somos sus esclavos. Me miro y me doy cuenta en el estado penoso en que me encuentro. Y entonces lo sé, lo sé, el aire acondicionado me está dominando, tengo que vencer la fricción de la inercia y salir al día pero…
No puedo. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Unas horas? ¿Unos días?
Tengo que salir. Tengo que salir. ¿Estará toda mi casa inundada? No importa. No importa. No puedo dejar que las máquinas ganen.
¿Salvaré al mundo si me levanto?
Esa idea me da fuerzas.
Intento levantar un brazo y se cae. Lo intento otra vez, en esta ocasión con un poco de seriedad. Y me levanto.
Siento la cabeza como en un samba pero no me importa; me derribo sobre el picaporte, lo bajo, sí, consigo abrir la puerta de par en par, miro hacia fuera y…
Calor.
Mucho calor.
Cierro la puerta.
Me derrumbo sobre la cama. Miro hacia la lucecita del aire acondicionado y, antes de volver al estado de sopor previo, logro articular:
-¡PERO AÚN NO HAN GANADO LA GUERRA!
Estoy tirada sobre la alfombra de mi cuarto. Me estoy derritiendo literalmente, y sospecho que ya soy parte del suelo, de forma que estamos haciendo un sándwich entre lo que un albañil un día construyó como entrepiso, la alfombra y yo.
Llueve. No estoy tan insonorizada como para no oír la lluvia, el viento arreciando contra la casa, pero parece que las paredes aún no van a caerse y mientras eso no ocurra…
Me doy vuelta y me arrastro hasta quedar debajo del aire acondicionado. Aire. Aire. ¿Se habrá inundado el patio? ¿Tendré que cerrar las ventanas de abajo?
No sé cuánto tiempo ha transcurrido. No voy a salir. He decidido quedarme aquí hasta que termine el verano. No iré a trabajar. Ni siquiera creo tener energía para llamar y avisar. ¿Seguirá funcionando el mundo allá afuera?
Creo que no. Me imagino un montón de masas uniformes arrojadas pansa arriba bajo ventiladores, rogando por una brisa que no existe, intentando simular que siguen vivos, esperando, siempre a la espera de que baje la temperatura mágicamente… Pero eso también es una utopía.
Mi perro aúlla. ¿Le habré dado de comer? ¿Cuándo fue la última vez?
No comeré. No beberé. No tengo fuerzas; no puedo salir de aquí.
¿Qué se sentirá tener a la humanidad así, esclava de la tecnología?
Estoy empezando a pensar que esto puede ser una especie del complot.
Sí. Ya veo la lucecita roja del aire acondicionado. Es como en la película •Yo, Robot•.
Somos sus esclavos. Me miro y me doy cuenta en el estado penoso en que me encuentro. Y entonces lo sé, lo sé, el aire acondicionado me está dominando, tengo que vencer la fricción de la inercia y salir al día pero…
No puedo. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Unas horas? ¿Unos días?
Tengo que salir. Tengo que salir. ¿Estará toda mi casa inundada? No importa. No importa. No puedo dejar que las máquinas ganen.
¿Salvaré al mundo si me levanto?
Esa idea me da fuerzas.
Intento levantar un brazo y se cae. Lo intento otra vez, en esta ocasión con un poco de seriedad. Y me levanto.
Siento la cabeza como en un samba pero no me importa; me derribo sobre el picaporte, lo bajo, sí, consigo abrir la puerta de par en par, miro hacia fuera y…
Calor.
Mucho calor.
Cierro la puerta.
Me derrumbo sobre la cama. Miro hacia la lucecita del aire acondicionado y, antes de volver al estado de sopor previo, logro articular:
-¡PERO AÚN NO HAN GANADO LA GUERRA!
miércoles, 13 de enero de 2010
Azar (4 YDC)
Arrojó la moneda una vez y tuvo el rostro de ella entre sus manos.
Otra vez la moneda giró y se paró solo en una esquina, a mirar el tiempo pasar en su reloj.
Otro giro, sus lágrimas, sus besos, el recuerdo…
Cara, su mano, las manos de ella, y esas palabras imperdonables.
Seca, la música que se detiene, los ojos de una perfecta desconocida, y ese deseo imperioso de dejarse caer, de olvidarse de todo, o de correr, de correr hacia ninguna parte…
Y entonces, él atrapa la moneda.
La atrapa y se la queda mirando y detrás de la moneda ve el rostro de ella, ve la promesa y ve el adiós.
-¿Qué ocurre? –pregunta ella.
Y él no sabe qué contestarle, sólo le pasa la moneda en silencio. Ella la observa un minuto, luego se ríe y la arroja al aire.
-Pero… ¿qué estás haciendo? –exclamó consternado. -¡Esa moneda decide nuestro destino!
La moneda caía como en cámara lenta, al tiempo en que ella se aproximaba hacia él, sonriendo.
-Nuestro destino… -murmuró acercándose (y la moneda tintineaba en el piso) –Es no tener destino.
Las pupilas de él se reflejaban con toda claridad en los ojos de ella.
Cara.
Otra vez la moneda giró y se paró solo en una esquina, a mirar el tiempo pasar en su reloj.
Otro giro, sus lágrimas, sus besos, el recuerdo…
Cara, su mano, las manos de ella, y esas palabras imperdonables.
Seca, la música que se detiene, los ojos de una perfecta desconocida, y ese deseo imperioso de dejarse caer, de olvidarse de todo, o de correr, de correr hacia ninguna parte…
Y entonces, él atrapa la moneda.
La atrapa y se la queda mirando y detrás de la moneda ve el rostro de ella, ve la promesa y ve el adiós.
-¿Qué ocurre? –pregunta ella.
Y él no sabe qué contestarle, sólo le pasa la moneda en silencio. Ella la observa un minuto, luego se ríe y la arroja al aire.
-Pero… ¿qué estás haciendo? –exclamó consternado. -¡Esa moneda decide nuestro destino!
La moneda caía como en cámara lenta, al tiempo en que ella se aproximaba hacia él, sonriendo.
-Nuestro destino… -murmuró acercándose (y la moneda tintineaba en el piso) –Es no tener destino.
Las pupilas de él se reflejaban con toda claridad en los ojos de ella.
Cara.
lunes, 11 de enero de 2010
Sobre sinceridad, hombres y otras hierbas.
Me acomodé el relleno del corpiño porque esa porquería ya se estaba saliendo.
-¡Y entonces…! –continuó Samy, golpeando los puños sobre la mesa. -¡Ella dice que él le dijo que yo le gustaba y todo, y que saldría hipotéticamente conmigo si yo... escuchá esto, ¡si yo no fuera tan inteligente! –soltó un bufido y se me volvió hacia mí. -¡¿Vos entendés algo?!
Comencé a pintarme la uña del dedo índice. Rojo furioso. Mejor que el rojo fuego, pero me seguía haciendo muy pálida, yo no sé por qué…
-¿Caro, me estás escuchando TARADA?
Suspiré. Y miré las uñas a la luz.
-¿Y no es verdad?
Parpadeó como en trance.
-¿Qué cosa?
-Que sos más inteligente.
-Bueno… Bueno no sé, ¡qué se yo!
Pobre Samy. Es tan básica en algunas cosas. La miré y me dio tanta pena que me desconcentré de mis uñas.
-Samy cuando hablan, ¿quién lleva la conversación?
-Bueno… Bueno, él no habla mucho, pero porque es tímido..
-Tímido… ¿Y los chistes? ¿Quién hace los chistes?
-Bueno algunos los hace él, algunos los hago yo…
Me reí.
-Sí claro, ¿Cuántos “jajaja” cada uno?
-No entiendo.
-Messenger. ¿Cuántas veces pone “jajaja” cada uno?
Se quedó boquiabierta, tal vez haciendo cuentas. Pinté tres uñas más hasta que ella se resolvió a hablar.
-Bueno pero…¿Qué tiene de malo si soy divertida?
Dios mío.
-Ay Samy ahora entiendo todo.
-¿Qué hice?
-Lo aturdiste. Lo saturaste. Lo desbordaste de cosas buenas. Sos divertida y sos inteligente. ¡Por favor! ¿No te enteraste? Los hombres no buscan minas más inteligentes que ellos. Sienten que no tienen el control. Que estamos un paso adelante. Que nunca nos van a poder pasar en nada.
-Pero yo no quiero que me pasen…
-¡Imaginación, pleeeaase! –exclamé indignada. –No estoy diciendo que te tienen que pasar, digo que tienen que creer que pueden hacerlo.
Samy se dejó caer de frente contra la mesa.
-Hice todo mal.
Soplé sobre mis uñas… Con la derecha iba a necesitar ayuda.
-¿Me pintas las uñas de la derecha? No tengo pulso. –Samy levantó la cabeza de la mesa y le pasé el esmalte. –No hiciste todo mal, bueno, tal vez sí, pero para el próximo ya vas a saber…
-¿El próximo? Pero a mí me gusta Dami..
-Lo que tenés que hacer. –la interrumpí antes de que empezara otra “Oda a Damián”- Es dejarlos hablar a ellos. Si no hablan, no tienen interés y no perdés el tiempo. Y si hablan, seguiles la corriente… Reírte de sus chistes, esas cosas… Les encanta que te rías de las boludeces que dicen como si fuera lo más gracioso del mundo… Reíte de tres chistes malos y ya te quieren llevar al telo en limusina…
-¡Yo no quiero que me lleven a un telo! Bueno, no de una...
-¡Me pintaste el dedo, mamerta! ¡IMAGINACIÓN, SAMY! Te estoy enseñando cosas grosas y vos parecés más preocupada por el chavo…
-No puedo concentrarme con la tele encendida.
-Bueno pero, ¿entendiste? Una chica bonita y un poco boba es un buen perfil. Dejalos ser los inteligentes, lo disfrutan mucho más que nosotras…
De repente, suena el celular de Samy. “I’ll always love you”, puaj.
Fue corriendo.
-¡Es Damián, Caro! ¡Me pregunta si puedo ayudarlo con el trabajo de Proyectual!
-Felicidades. –murmuré corrigiendo con el dedo un leve relieve en la uña.-Acabas de recibirte de mejor amiga.
Todavía no entiendo por qué Samy me revoleó un almohadón y salió dando un portazo, ofendidísima.
Encima que una es sincera…
-¡Y entonces…! –continuó Samy, golpeando los puños sobre la mesa. -¡Ella dice que él le dijo que yo le gustaba y todo, y que saldría hipotéticamente conmigo si yo... escuchá esto, ¡si yo no fuera tan inteligente! –soltó un bufido y se me volvió hacia mí. -¡¿Vos entendés algo?!
Comencé a pintarme la uña del dedo índice. Rojo furioso. Mejor que el rojo fuego, pero me seguía haciendo muy pálida, yo no sé por qué…
-¿Caro, me estás escuchando TARADA?
Suspiré. Y miré las uñas a la luz.
-¿Y no es verdad?
Parpadeó como en trance.
-¿Qué cosa?
-Que sos más inteligente.
-Bueno… Bueno no sé, ¡qué se yo!
Pobre Samy. Es tan básica en algunas cosas. La miré y me dio tanta pena que me desconcentré de mis uñas.
-Samy cuando hablan, ¿quién lleva la conversación?
-Bueno… Bueno, él no habla mucho, pero porque es tímido..
-Tímido… ¿Y los chistes? ¿Quién hace los chistes?
-Bueno algunos los hace él, algunos los hago yo…
Me reí.
-Sí claro, ¿Cuántos “jajaja” cada uno?
-No entiendo.
-Messenger. ¿Cuántas veces pone “jajaja” cada uno?
Se quedó boquiabierta, tal vez haciendo cuentas. Pinté tres uñas más hasta que ella se resolvió a hablar.
-Bueno pero…¿Qué tiene de malo si soy divertida?
Dios mío.
-Ay Samy ahora entiendo todo.
-¿Qué hice?
-Lo aturdiste. Lo saturaste. Lo desbordaste de cosas buenas. Sos divertida y sos inteligente. ¡Por favor! ¿No te enteraste? Los hombres no buscan minas más inteligentes que ellos. Sienten que no tienen el control. Que estamos un paso adelante. Que nunca nos van a poder pasar en nada.
-Pero yo no quiero que me pasen…
-¡Imaginación, pleeeaase! –exclamé indignada. –No estoy diciendo que te tienen que pasar, digo que tienen que creer que pueden hacerlo.
Samy se dejó caer de frente contra la mesa.
-Hice todo mal.
Soplé sobre mis uñas… Con la derecha iba a necesitar ayuda.
-¿Me pintas las uñas de la derecha? No tengo pulso. –Samy levantó la cabeza de la mesa y le pasé el esmalte. –No hiciste todo mal, bueno, tal vez sí, pero para el próximo ya vas a saber…
-¿El próximo? Pero a mí me gusta Dami..
-Lo que tenés que hacer. –la interrumpí antes de que empezara otra “Oda a Damián”- Es dejarlos hablar a ellos. Si no hablan, no tienen interés y no perdés el tiempo. Y si hablan, seguiles la corriente… Reírte de sus chistes, esas cosas… Les encanta que te rías de las boludeces que dicen como si fuera lo más gracioso del mundo… Reíte de tres chistes malos y ya te quieren llevar al telo en limusina…
-¡Yo no quiero que me lleven a un telo! Bueno, no de una...
-¡Me pintaste el dedo, mamerta! ¡IMAGINACIÓN, SAMY! Te estoy enseñando cosas grosas y vos parecés más preocupada por el chavo…
-No puedo concentrarme con la tele encendida.
-Bueno pero, ¿entendiste? Una chica bonita y un poco boba es un buen perfil. Dejalos ser los inteligentes, lo disfrutan mucho más que nosotras…
De repente, suena el celular de Samy. “I’ll always love you”, puaj.
Fue corriendo.
-¡Es Damián, Caro! ¡Me pregunta si puedo ayudarlo con el trabajo de Proyectual!
-Felicidades. –murmuré corrigiendo con el dedo un leve relieve en la uña.-Acabas de recibirte de mejor amiga.
Todavía no entiendo por qué Samy me revoleó un almohadón y salió dando un portazo, ofendidísima.
Encima que una es sincera…
viernes, 8 de enero de 2010
Enojada (hay veces que...)
Esos días en que se despierta con ganas de pelearse con alguien.
Cualquiera da lo mismo en este caso, ella sólo abre los ojos desde temprano ávida de vícitma, SU víctima, ávida de gritos, de desconcierto general.
Entonces se pasea por las calles fulminando a todos con la mirada pidiendo, rogando, por un motivo, una sola razón que le de esa justificación a medias que necesita.
Sedienta de sangre.
Y si no encuentra motivos (porque la gente suele presentir un aura oscura a su alrededor en esos días y la evita) quizás... quizás provoque ese conflicto, por qué no? en cuyo caso luego perderá un poco la gracia hacerse la inocente y se sentirá culpable, pero en principio es perfectamente funcional al objetivo.
"Dame un motivo, un sólo motivo... Cruzá mi límite medio milímetro y te juro que..."
Afortunadamente (para todos menos para ella -pobre) ya la conocen y la dejan estar y hasta le permiten sus pequeñas maldades (quizás hizo algo bueno para ganarse esa paciencia).
Sólo hubo uno que era distinto pero eso fue hace siglos. Hubo uno con quien esos estados coincidían en días y horarios y jugaban a ver quién gritaba más fuerte (mientras los papeles y las lapiceras corrían a esconderse).
Pero fue hace tanto que casi ni se acuerda...
Él nunca conoció sus pupilas después del atardecer y sólo por eso ella recuerda su pelo tipo carlitos balá y suspira enamorada..
Cualquiera da lo mismo en este caso, ella sólo abre los ojos desde temprano ávida de vícitma, SU víctima, ávida de gritos, de desconcierto general.
Entonces se pasea por las calles fulminando a todos con la mirada pidiendo, rogando, por un motivo, una sola razón que le de esa justificación a medias que necesita.
Sedienta de sangre.
Y si no encuentra motivos (porque la gente suele presentir un aura oscura a su alrededor en esos días y la evita) quizás... quizás provoque ese conflicto, por qué no? en cuyo caso luego perderá un poco la gracia hacerse la inocente y se sentirá culpable, pero en principio es perfectamente funcional al objetivo.
"Dame un motivo, un sólo motivo... Cruzá mi límite medio milímetro y te juro que..."
Afortunadamente (para todos menos para ella -pobre) ya la conocen y la dejan estar y hasta le permiten sus pequeñas maldades (quizás hizo algo bueno para ganarse esa paciencia).
Sólo hubo uno que era distinto pero eso fue hace siglos. Hubo uno con quien esos estados coincidían en días y horarios y jugaban a ver quién gritaba más fuerte (mientras los papeles y las lapiceras corrían a esconderse).
Pero fue hace tanto que casi ni se acuerda...
Él nunca conoció sus pupilas después del atardecer y sólo por eso ella recuerda su pelo tipo carlitos balá y suspira enamorada..
jueves, 7 de enero de 2010
Inaugural (viva, viva!)
Tiene las pestañas amarillas.
Tal vez eso signifique algo especial, pero le trae muchos, cantidaaad de problemas. Ud preguntará por qué. Y ella lo mirará con cara de sabelotodo y cambiará de tema (ud, evidentemente, no está a su altura).
Pero yo le voy a contar, ahora que ella no está mirando. Hay veces, unas pocas y bien planificadas por los hados, que a la luna se le antoja bajar a la Tierra a conocer a sus súbditos (hay una creencia popular que dice que es ella quien gira al rededor de la Tierra, pero son mitos). Y entonces canta una canción muy suave, llena de tristeza, y las tortas exquisita no elevan en los hornos. Una muchacha cualquiera en un duplex cualquiera de Buenos Aires va a llorar y va a decir que es imposible cocinar, que nunca puede hacer nada bien de una y bla bla bla.
No le den mucha bolilla (sólo empeorará las cosas). Tampoco cuando les diga que es especial y que tiene pestañas amarillas de andar siempre mirando al sol. Eso es tan verdad como que la Luna gira al rededor de la Tierra.
Pero shhh... Eso es un secreto entre ustedes y yo.
Tal vez eso signifique algo especial, pero le trae muchos, cantidaaad de problemas. Ud preguntará por qué. Y ella lo mirará con cara de sabelotodo y cambiará de tema (ud, evidentemente, no está a su altura).
Pero yo le voy a contar, ahora que ella no está mirando. Hay veces, unas pocas y bien planificadas por los hados, que a la luna se le antoja bajar a la Tierra a conocer a sus súbditos (hay una creencia popular que dice que es ella quien gira al rededor de la Tierra, pero son mitos). Y entonces canta una canción muy suave, llena de tristeza, y las tortas exquisita no elevan en los hornos. Una muchacha cualquiera en un duplex cualquiera de Buenos Aires va a llorar y va a decir que es imposible cocinar, que nunca puede hacer nada bien de una y bla bla bla.
No le den mucha bolilla (sólo empeorará las cosas). Tampoco cuando les diga que es especial y que tiene pestañas amarillas de andar siempre mirando al sol. Eso es tan verdad como que la Luna gira al rededor de la Tierra.
Pero shhh... Eso es un secreto entre ustedes y yo.
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